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sábado, 24 de octubre de 2026

Aprender de cero

Hay momentos en la vida en los que una siente que todo lo que conocía se desarma. No de a poco, no con tiempo para acomodarse, sino de golpe. Como si el mundo siguiera girando con una normalidad casi ofensiva mientras una intenta entender en qué momento su propia vida dejó de ser la que era.

Últimamente pienso mucho en las pérdidas. En todo lo que se va, en las personas que dejan de estar, en las versiones de una misma que quedan atrás y en esa extraña sensación de tener que aprender de cero cosas que antes parecían tan naturales.

Transitar el duelo es mucho más que extrañar a alguien. Es aprender a vivir con una ausencia que no termina de tener sentido. Es despertarse y tardar unos segundos en recordar que esa persona ya no está. Es ver algo gracioso, escuchar una canción, encontrar un video y tener el impulso automático de compartirlo con quien siempre lo hubiera entendido. Y después, de golpe, recordar. Ahí está otra vez la realidad, sin pedir permiso.

Es descubrir que hay conversaciones que quedaron suspendidas para siempre. Cosas que una quería contar, preguntas que ya no va a poder hacer, chistes que nadie va a entender de la misma manera. Porque no se pierde solamente a una persona. También se pierde una forma de estar en el mundo con ella.

Y cuando esa persona era tu confidente, tu otra mitad, alguien con quien podías hablar de todo, la ausencia tiene otra dimensión. No es solamente que falta alguien en tu vida. Es que falta alguien que conocía una parte de vos que no necesitabas explicar.

A veces pienso que el duelo es una especie de idioma nuevo que nadie te enseña. Lo vas aprendiendo mientras lo hablás, equivocándote, intentando encontrar palabras para sensaciones que ni siquiera sabías que existían.

Y en ese idioma pueden convivir cosas que parecen contradictorias. La tristeza y el alivio. El amor y el enojo. La gratitud por lo vivido y la bronca por lo que no pudo ser. Podés sentir que una parte de vos se rompió y, al mismo tiempo, saber que la persona que amabas ya no está sufriendo. Podés desear con toda tu alma que siguiera acá y también sentir paz al saber que su dolor terminó.

No creo que exista una manera correcta de sentir todo esto. Tampoco creo que haya un orden. No hay una lista de etapas que una completa y después puede marcar como terminada. Hay días en los que parece que podés respirar un poco mejor y otros en los que una pavada te devuelve al principio. O al menos a esa sensación de no saber muy bien dónde estás parada.

Y como si una pérdida no fuera suficiente, a veces la vida te obliga a mirar otras ausencias, otras heridas, otras cosas que quedaron sin resolver. Se acumulan los finales, las preguntas, los recuerdos. Y una empieza a preguntarse cuánto puede cambiar una persona antes de dejar de reconocerse.

Yo también estoy intentando entender qué hacer con todo lo que perdí. Con las personas que ya no están, con las cosas que cambiaron para siempre, con lo que imaginaba que iba a ser mi vida y ya no va a suceder de esa manera.

Hay algo profundamente solitario en darse cuenta de que nadie puede hacer este recorrido por vos. Pueden acompañarte, abrazarte, escucharte. Pero hay una parte de la experiencia que ocurre adentro, en ese lugar al que nadie más tiene acceso. Y ahí estás vos, intentando comprender cómo seguir cuando una parte importante de tu mundo desapareció.

Tal vez por eso pienso tanto en empezar de cero.

No porque quiera olvidar. No porque crea que todo pasa por algo, que el dolor nos hace mejores o que de cada tragedia tiene que salir una enseñanza. No necesito encontrarle un sentido hermoso a lo que duele. Hay cosas que simplemente duelen. Hay pérdidas que no deberían haber ocurrido y ausencias con las que ninguna explicación alcanza.

Empezar de cero, para mí, tiene más que ver con aprender a vivir de otra manera. Descubrir quién soy ahora, después de todo esto. Reconocer qué cosas cambiaron, cuáles siguen intactas y cuáles todavía no puedo responder.

Es aprender a vivir en una casa donde falta alguien. A pensar en el futuro sin ciertas personas en él. A aceptar que hay recuerdos que van a doler y que, aun así, no quiero dejar de tenerlos. A entender que seguir viviendo no es abandonar a quienes se fueron.

Y también es aceptar que no tengo que convertirme inmediatamente en una versión más fuerte, más sabia o más luminosa de mí misma. No tengo que demostrar que puedo con todo. Hay días en los que apenas puedo con lo cotidiano, y eso también es parte de estar acá.

Quizás aprender de cero sea dejar de exigirme volver a ser quien era antes. Porque esa persona ya vivió otras cosas, tuvo otras certezas, habitó un mundo en el que algunas personas todavía estaban. Yo soy esa persona, pero también soy alguien que tuvo que atravesar cosas que nunca imaginó.

No sé cuánto tiempo lleva aprender a vivir con determinadas ausencias. No sé cuándo deja de sentirse tan extraño hablar de alguien en pasado. No sé si alguna vez deja de aparecer ese impulso de querer contarle algo a quien ya no puede escucharte.

Por ahora, solo sé que hay días en los que extraño, días en los que me enojo, días en los que siento un vacío difícil de explicar y otros en los que encuentro un poco de calma. Y no quiero obligarme a elegir una sola emoción para que todo parezca más sencillo.

Estoy aprendiendo que el amor no desaparece cuando alguien muere, aunque ya no sepa dónde ponerlo. Que los vínculos no se reemplazan y que hay personas que dejan una marca imposible de repetir. Que puedo seguir adelante sin dejar de mirar hacia atrás. Que recordar no significa quedarme detenida.

Y que quizás no se trate de empezar una vida completamente nueva, sino de aprender a vivir esta, con todo lo que falta y con todo lo que todavía queda.

No tengo una conclusión. No llegué a ninguna meta ni encontré una fórmula para estar mejor. Estoy en medio de todo esto, tratando de entender, de acomodar lo que puedo y de aceptar lo que todavía no tiene lugar.

Por primera vez en mucho tiempo, no sé exactamente cómo sigue la historia.

Y quizás tenga que permitirme eso: no saber.

Respirar. Atravesar los días. Extrañar. Recordar. Seguir.

Aprender de cero, aunque nunca haya elegido tener que hacerlo.

Porque hay pérdidas que te cambian la vida para siempre. Y después de ellas, incluso las cosas más simples tienen que aprenderse otra vez.