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sábado, 27 de junio de 2026

La muerte de una madre

 Hay pérdidas que no se llevan solamente a una persona.

Se llevan una parte de la historia.

Cuando una madre muere, no desaparece únicamente quien nos dio la vida. También desaparece el único ser humano que conocía nuestra historia desde el primer día. La única testigo de quiénes fuimos antes de aprender a hablar, antes de tener recuerdos, antes de convertirnos en quienes somos.

Y entonces una comprende que el duelo no empieza el día de la muerte.

Empieza mucho antes.

Empieza cada vez que entendemos que nuestros padres son humanos. Que tienen heridas. Que se equivocan. Que no siempre pueden amar de la manera en que necesitábamos ser amados.

Hay quienes pierden a una madre perfecta.

Otros perdemos a una madre real.

Una mujer llena de luces y sombras. Capaz de amar profundamente y, al mismo tiempo, incapaz de dar todo lo que hubiera querido. Una mujer con sus propias batallas, sus propios miedos y sus propios límites.

Y ese duelo es extraño.

Porque una llora a la persona que fue, pero también termina de despedirse de la madre que soñó tener.

Durante años creemos que algún día habrá una conversación pendiente, un abrazo distinto, una oportunidad para reparar lo que quedó roto.

Hasta que un día entendemos que ya no habrá otro cumpleaños, otro llamado ni otra tarde para intentarlo.

Y duele.

Duele porque la muerte tiene esa forma brutal de cerrar puertas que siempre imaginamos entreabiertas.

Pero también ocurre algo inesperado.

Con el tiempo dejamos de mirar solamente a la madre.

Empezamos a mirar a la mujer.

A esa mujer que hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Que también fue hija antes que madre. Que también cargó con historias que nunca conocimos del todo.

Eso no borra nuestras heridas.

Pero les cambia el color.

Ya no nacen únicamente del enojo.

Empiezan a mezclarse con la compasión.

Y entonces entendemos que crecer también consiste en aceptar una verdad difícil: nuestros padres nunca fueron dioses. Fueron personas.

Hoy ya no necesito que mi mamá sea distinta.

La abrazo en mi memoria tal como fue.

Con su sensibilidad, su arte, su manera irreverente de habitar el mundo, sus contradicciones y sus silencios.

Porque el amor más maduro no consiste en olvidar las heridas.

Consiste en poder mirar a alguien completo.

Y despedirlo completo.

Descansá, mamá.

El resto de nuestra conversación seguirá viviendo dentro de mí.

martes, 2 de junio de 2026

Había algo profundamente equivocado en la forma en que ella amaba.

Lo sabía. Lo había sabido desde el principio.

Las personas normales no pensaban tanto en otra persona. No organizaban sus días alrededor de una mirada. No sentían que el aire cambiaba de densidad cuando alguien entraba en una habitación.

Pero ella sí. 

Y cuanto más intentaba arrancarlo de su mente, más profundamente se hundía. Era como una espina que el cuerpo rechaza y, sin embargo, termina absorbiendo hasta volverla parte de sí mismo.

Lo observaba.

A veces desde lejos.

A veces desde el recuerdo.

A veces desde versiones imaginarias de él que probablemente jamás habían existido. Y lo peor era que ya no podía distinguir unas de otras. Porque con el tiempo había comenzado a construirlo dentro de su cabeza. Había tomado fragmentos reales (una sonrisa, una frase, un gesto distraído) y había levantado con ellos una catedral entera.

Una catedral oscura.

Hermosa.

Peligrosa.

Donde él ocupaba cada altar. Donde cada pensamiento terminaba conduciendo inevitablemente hacia él. No deseaba poseerlo o al menos eso se repetía.

Pero había noches en que la mentira se rompía y entonces admitía la verdad. Quería habitarlo. Conocer cada rincón prohibido.

Cada herida.

Cada pensamiento vergonzoso.

Cada miedo que jamás le contaría a nadie.

Quería entrar en los lugares donde las demás personas no podían llegar y permanecer ahí. Como una sombra. Como una enfermedad. Como una plegaria.

A veces imaginaba cómo sería verlo completamente vulnerable.

Sin máscaras.

Sin defensas.

Sin la distancia que existía entre ellos y esa fantasía la avergonzaba. Porque comprendía que detrás del amor había algo más oscuro.

Algo hambriento.

Algo que no quería únicamente contemplar la belleza. Quería atravesarla. Abrirla. Encontrar aquello que latía debajo.

Como si conocer a alguien no fuera suficiente.

Como si necesitara consumirlo para entenderlo. Y sin embargo jamás le habría hecho daño.

Esa era la contradicción que la atormentaba.

Toda la violencia ocurría dentro de ella.

En la imaginación.

En los pensamientos.

En ese lugar secreto donde el deseo y la obsesión compartían el mismo rostro.

Porque no era él quien estaba atrapado.

Era ella.

Encerrada en una habitación construida con sus propios pensamientos. Observando una puerta que podía abrir en cualquier momento. Y negándose a hacerlo.

Tal vez porque el dolor ya se había vuelto parte del ritual. Tal vez porque la ausencia alimentaba la fantasía mejor que cualquier realidad. O tal vez porque había comprendido una verdad demasiado incómoda.

Que algunas obsesiones no sobreviven a la luz.

Necesitan oscuridad.

Necesitan distancia.

Necesitan el espacio suficiente para crecer hasta volverse más grandes que la persona que las inspiró.

Y una noche, mientras permanecía despierta escuchando el ruido lejano de la ciudad, comprendió algo que le heló la sangre.

Ya no sabía cuánto de él seguía amando.

Pero sí sabía cuánto amaba la espera.

La necesidad.

El vacío que él había dejado dentro de ella.

Como si la ausencia hubiera terminado siendo más íntima que la propia presencia.

Como si, lentamente, hubiera dejado de perseguir a un hombre para empezar a adorar un fantasma.

Y los fantasmas, pensó, son los únicos amantes que jamás nos abandonan por completo.