There is so much beauty in this world...

martes, 2 de junio de 2026

Había algo profundamente equivocado en la forma en que ella amaba.

Lo sabía. Lo había sabido desde el principio.

Las personas normales no pensaban tanto en otra persona. No organizaban sus días alrededor de una mirada. No sentían que el aire cambiaba de densidad cuando alguien entraba en una habitación.

Pero ella sí. 

Y cuanto más intentaba arrancarlo de su mente, más profundamente se hundía. Era como una espina que el cuerpo rechaza y, sin embargo, termina absorbiendo hasta volverla parte de sí mismo.

Lo observaba.

A veces desde lejos.

A veces desde el recuerdo.

A veces desde versiones imaginarias de él que probablemente jamás habían existido. Y lo peor era que ya no podía distinguir unas de otras. Porque con el tiempo había comenzado a construirlo dentro de su cabeza. Había tomado fragmentos reales (una sonrisa, una frase, un gesto distraído) y había levantado con ellos una catedral entera.

Una catedral oscura.

Hermosa.

Peligrosa.

Donde él ocupaba cada altar. Donde cada pensamiento terminaba conduciendo inevitablemente hacia él. No deseaba poseerlo o al menos eso se repetía.

Pero había noches en que la mentira se rompía y entonces admitía la verdad. Quería habitarlo. Conocer cada rincón prohibido.

Cada herida.

Cada pensamiento vergonzoso.

Cada miedo que jamás le contaría a nadie.

Quería entrar en los lugares donde las demás personas no podían llegar y permanecer ahí. Como una sombra. Como una enfermedad. Como una plegaria.

A veces imaginaba cómo sería verlo completamente vulnerable.

Sin máscaras.

Sin defensas.

Sin la distancia que existía entre ellos y esa fantasía la avergonzaba. Porque comprendía que detrás del amor había algo más oscuro.

Algo hambriento.

Algo que no quería únicamente contemplar la belleza. Quería atravesarla. Abrirla. Encontrar aquello que latía debajo.

Como si conocer a alguien no fuera suficiente.

Como si necesitara consumirlo para entenderlo. Y sin embargo jamás le habría hecho daño.

Esa era la contradicción que la atormentaba.

Toda la violencia ocurría dentro de ella.

En la imaginación.

En los pensamientos.

En ese lugar secreto donde el deseo y la obsesión compartían el mismo rostro.

Porque no era él quien estaba atrapado.

Era ella.

Encerrada en una habitación construida con sus propios pensamientos. Observando una puerta que podía abrir en cualquier momento. Y negándose a hacerlo.

Tal vez porque el dolor ya se había vuelto parte del ritual. Tal vez porque la ausencia alimentaba la fantasía mejor que cualquier realidad. O tal vez porque había comprendido una verdad demasiado incómoda.

Que algunas obsesiones no sobreviven a la luz.

Necesitan oscuridad.

Necesitan distancia.

Necesitan el espacio suficiente para crecer hasta volverse más grandes que la persona que las inspiró.

Y una noche, mientras permanecía despierta escuchando el ruido lejano de la ciudad, comprendió algo que le heló la sangre.

Ya no sabía cuánto de él seguía amando.

Pero sí sabía cuánto amaba la espera.

La necesidad.

El vacío que él había dejado dentro de ella.

Como si la ausencia hubiera terminado siendo más íntima que la propia presencia.

Como si, lentamente, hubiera dejado de perseguir a un hombre para empezar a adorar un fantasma.

Y los fantasmas, pensó, son los únicos amantes que jamás nos abandonan por completo.