There is so much beauty in this world...

martes, 18 de agosto de 2026

Desolacion


Hay momentos en los que una persona deja de preguntarse cuándo va a pasar y empieza a preguntarse cuánto más puede soportar.

Creo que llegué a ese lugar.

He vivido demasiadas cosas en demasiado poco tiempo. He cargado dolores que no elegí, pérdidas que no estaba preparada para aceptar y situaciones que me obligaron a seguir funcionando incluso cuando por dentro ya no quedaba casi nada.

Vi enfermar a mi hermana. La vi luchar durante años contra un cáncer que fue avanzando, ocupando lugares de su cuerpo que nunca deberían haber sido conquistados. Vi cómo una enfermedad puede transformar a una persona, cómo puede convertir lo cotidiano en incertidumbre y cada estudio en una espera insoportable.

Y mientras todavía intentaba entender cómo acompañarla, perdí a mi madre.

No fue una muerte tranquila. Tampoco fue una despedida preparada. Hubo policías, morgue, investigaciones, trámites, preguntas y una realidad demasiado brutal para procesarla de una sola vez. Hay muertes que no terminan cuando el corazón deja de latir. Algunas continúan después, en los recuerdos, en las imágenes que aparecen sin pedir permiso, en las cosas que quedaron sin decir y en esa sensación absurda de que el mundo siguió funcionando cuando para vos algo se había detenido.

También está todo lo que vino antes.

Las heridas de una infancia que nunca terminó de quedarse en el pasado. El miedo. La sensación de peligro. La necesidad de sobrevivir a cosas que una niña jamás debería haber tenido que soportar. Años intentando entender por qué algunas experiencias se quedan viviendo dentro de nosotros mucho después de que terminaron.

Y después la vida adulta, que no siempre se parece a la recompensa que imaginábamos por haber sobrevivido.

Hay responsabilidades. Una hija que necesita de mí. Una pareja. Trabajo. Dinero. Una casa. Animales. Personas que esperan que responda, que organice, que cuide, que esté presente.

Y yo también estoy ahí.

Pero a veces siento que nadie pregunta qué pasa con la persona que sostiene todo.

Estoy cansada.

No cansada de dormir poco. No cansada de un día difícil.

Cansada de tener que ser fuerte.

Cansada de recibir golpes y después tener que encontrar alguna manera de levantarme para preparar la vianda, trabajar, cuidar a mi hija, responder mensajes y seguir siendo funcional.

Hay una clase de agotamiento que no se arregla durmiendo.

Es el agotamiento de haber estado demasiado tiempo en estado de alerta.

Y quizás eso sea la desolación: no necesariamente llorar todo el tiempo, sino mirar alrededor y no encontrar un lugar donde descansar de verdad.

A veces siento que mi vida se convirtió en una sucesión de incendios. Apago uno y aparece otro. Intento recuperarme de una pérdida y llega una nueva preocupación. Intento cuidar a alguien y descubro que yo también necesito que alguien me cuide.

Y, sin embargo, sigo.

No porque sea invencible.

Sino porque no sé hacer otra cosa.

Pero últimamente empiezo a entender que seguir adelante no significa negar que estoy destruida por dentro.

Puedo amar a mi hija y estar agotada.

Puedo querer a mi hermana y sentir miedo.

Puedo extrañar a mi madre y estar enojada.

Puedo haber sobrevivido y, al mismo tiempo, estar cansada de sobrevivir.

Puedo agradecer algunas cosas de mi vida y sentir que otras me parecen insoportablemente injustas.

Todas esas cosas pueden existir al mismo tiempo.

Quizás durante demasiado tiempo confundí fortaleza con ausencia de dolor.

Hoy sé que no.

Ser fuerte también puede ser admitir que...

Esto me está doliendo.

Esto fue demasiado.

Esto dejó marcas.

Y no tengo por qué convertir cada tragedia en una enseñanza hermosa.

Hay cosas que simplemente son horribles.

Hay pérdidas que no tienen un significado oculto.

Hay heridas que no nos vuelven mejores personas; simplemente nos lastiman.

Y quizá algún día pueda mirar hacia atrás y comprender todo esto de otra manera.

Pero hoy no.

Hoy estoy en medio de la tormenta.

Y desde acá, desde este lugar de cansancio, duelo, rabia y desolación, solo puedo hacer una cosa: respirar.

Un día más.

No porque la vida haya dejado de doler.

Sino porque, a pesar de todo lo que intentó arrancarme, todavía estoy acá.

domingo, 2 de agosto de 2026

La primavera

 Qué se supone que debo hacer cuando quiero hablar de paz y de entendimiento, pero hay quienes solo comprenden el lenguaje de la espada?

Qué hacer cuando intentás hablar de humanidad con quienes durante años eligieron la crueldad?

Hay personas que caminan por la vida sembrando heridas.

Siembran dolor y lo llaman poder.

Siembran miedo y lo llaman respeto.

Siembran destrucción y después se sorprenden cuando un día el campo deja de dar flores.

Pero la tierra recuerda.

Recuerda cada semilla.

Cada palabra que fue lanzada como una piedra.

Cada lágrima provocada.

Cada mano que empujó.

Cada corazón que fue roto.

Cada vida que fue dañada y luego abandonada como si nada hubiera ocurrido.

Y aunque durante mucho tiempo parezca que nada sucede, la tierra trabaja en silencio.

Porque todo lo que se siembra, algún día se cosecha.

No hablo de venganza.

La venganza pertenece al hombre.

Yo hablo de algo mucho más antiguo.

De la ley silenciosa de la existencia.

De esa fuerza invisible que hace que cada acto encuentre, tarde o temprano, su consecuencia.

Hay quienes creen que pueden caminar eternamente sobre las ruinas que dejaron detrás. Que el tiempo borrará sus huellas. Que las personas olvidarán. Que las heridas cicatrizarán sin dejar memoria.

Pero hay cosas que el tiempo no borra.

Y hay cosechas que tardan años en madurar.

Yo he visto cómo una persona puede ser herida una y otra vez por quienes deberían haberla protegido. He visto cómo el dolor puede acompañar una vida entera. He visto cómo algunas personas toman, destruyen, lastiman y continúan su camino creyendo que nada tendrá consecuencias.

Hasta que un día el campo cambia.

Hasta que el viento comienza a soplar de otra manera.

Hasta que aquello que estaba enterrado comienza a emerger.

Después de todo lo que vi y de todo lo que conocí, comprendí que algunas batallas no se ganan levantando una espada.

Se ganan permaneciendo de pie.

Se ganan diciendo la verdad.

Se ganan recordando.

Se ganan cuando aquello que intentaron esconder deja de estar oculto.

Por eso, si alguna vez mi lengua se convierte en hierro, no será para destruir.

Será para nombrar.

Para señalar.

Para recordar.

Porque hay silencios que protegen al culpable y hay palabras que liberan a quien sobrevivió.

Y quizás esa sea la espada más poderosa de todas: la verdad cuando finalmente deja de temer.

Ahora, te canto mi canción de espada.

No es una canción de guerra.

Es una canción de despertar.

Es la canción de quienes alguna vez fueron silenciados y un día encontraron su voz.

Es la canción de quienes vieron caer a quienes amaban y aun así decidieron seguir caminando.

Es la canción de quienes comprendieron que no todo final es un final.

Porque hay finales que son semillas.

Y hay semillas que esperan años bajo la tierra antes de comenzar a crecer.

Por eso no tengo prisa.

La tierra tiene su propio tiempo.

La justicia tiene su propio ritmo.

Y la vida, aunque parezca dormida, nunca deja de sembrar.

Todo lo que se hace deja una huella.

Todo lo que se da, regresa de alguna forma.

Todo lo que se siembra, se cosecha.

Y quizás lo que muchos todavía no comprenden es que la cosecha aún no empezó.

El horizonte todavía está gris.

Pero detrás de esa oscuridad hay un sol que comienza a levantarse.

Y cuando llegue, cuando la luz toque aquello que durante tanto tiempo permaneció oculto, los viejos fuegos parecerán apenas brasas moribundas.

Entonces entenderemos que la transformación nunca fue destrucción.

Fue renacimiento.

Y que algunas personas son castigadas por el universo.

Simplemente, un día, tienen que sentarse frente al espejo y contemplar el campo que ellas mismas sembraron.

La cosecha llegará.

No porque yo la invoque.

No porque yo la desee.

Sino porque ninguna semilla permanece enterrada para siempre.