There is so much beauty in this world...

domingo, 31 de mayo de 2026

Hubo un chico que se enamoró de ella. Mientras ella hizo todo lo posible para que dejara de hacerlo.

Durante años creyó que no había sido amor. Que simplemente no estaba interesada. Que era demasiado joven. Que no era el momento.

Sin embargo la verdad era mucho más incómoda.

Le gustaba.

Le gustaba tanto que le daba miedo.

Había algo en él que la desarmaba. Y ella había pasado la vida entera aprendiendo a no desarmarse.

Entonces hizo lo único que sabía hacer.

Le ladró.

Como esos perros que muestran los dientes cuando alguien intenta acariciarlos. No porque quieran morder. No porque odien. Sino porque están aterrados.

Ella se escondía detrás de excusas, silencios, rechazos y contradicciones.

Si él avanzaba, ella retrocedía.

Si él insistía, ella se endurecía.

Si él se alejaba, le dolía.

Era un juego cruel que nadie había elegido jugar.

Ni siquiera ella.

Lo observaba enamorarse y sentía vértigo.

Veía cómo otras chicas se acercaban y se convencía de que era mejor así. Que ellas podían darle algo que ella no tenía. Que ellas sabían amar. Que ellas sabían estar.

Pero cuando imaginaba que alguna de ellas lo lograra, sentía una punzada feroz en el pecho.

Era una contradicción absurda.

No lo quería cerca.

No lo quería lejos.

No quería que la eligiera.

Pero tampoco soportaba la idea de que eligiera a otra.

Años después entendió que no estaba luchando contra él.

Estaba luchando contra el amor.

Porque el amor pedía algo que ella no tenía.

Confianza.

Y ella venía de un lugar donde confiar había sido demasiado caro.

Recuerda una vez que lo vio internado.

Y todavía le cuesta explicar lo que sintió.

No era deseo por el sufrimiento.

Era algo más oscuro y más humano.

Por primera vez lo vio sin armadura.

Sin fuerza.

Sin máscaras.

Vulnerable.

Y algo dentro suyo respondió.

Quizás porque toda su vida había estado rodeada de personas que ocultaban sus heridas.

Quizás porque ella misma llevaba años escondiendo las propias.

Quizás porque, por un instante, dejó de verlo como una amenaza y lo vio como alguien tan roto y tan humano como ella.

Al final él se cansó.

Y tenía derecho.

Desde afuera parecía una persona que abría la puerta para luego cerrarla de golpe.

Alguien que acercaba una silla a la mesa para después retirarla.

Alguien que encendía una luz y la apagaba cuando otro intentaba acercarse.

Él creyó que ella jugaba.

Pero ella no estaba jugando.

Estaba sobreviviendo.

Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

La tragedia no fue perderlo.

La tragedia fue descubrir, muchos años después, que no le tenía miedo a él.

Le tenía miedo a lo que despertaba.

Porque amar a alguien siempre implica una pequeña muerte.

La muerte de la distancia.

La muerte del control.

La muerte de la ilusión de que uno puede atravesar la vida sin necesitar a nadie.

Y en aquella época ella todavía estaba convencida de que necesitar a alguien era el lugar más peligroso del mundo.

sábado, 30 de mayo de 2026

Cuando el universo me recuerda mis límites

A veces pienso en el universo y siento que mi mente llega hasta un borde.

No un borde físico. Un borde invisible.

Es como si caminara por un territorio conocido y, de repente, el suelo terminara. Más allá sigue habiendo algo, pero ya no puedo verlo. Ya no puedo imaginarlo. Ya no puedo pensarlo.

Entonces aparece una sensación extraña: la conciencia de mi propia limitación.

No me refiero a no saber algo. Siempre se puede aprender más. Me refiero a descubrir que existen preguntas cuya magnitud parece superar la estructura misma de la mente humana.

Qué es realmente el tiempo?

Por qué existe algo en lugar de nada?

El universo tiene un límite o es infinito?

Y si es infinito, cómo puede existir algo sin fin?

Mi mente intenta sostener esas preguntas y, después de unos segundos, se rompe la imagen. Como una computadora intentando abrir un archivo demasiado grande.

Y ahí entiendo algo que me resulta profundamente conmovedor: el universo es más grande que mi capacidad de comprenderlo.

Pienso en cómo Socrates decía que la sabiduría comienza cuando reconocemos nuestra ignorancia. Tal vez no porque el conocimiento sea imposible, sino porque la realidad es infinitamente más vasta que cualquier explicación.

Pienso también en Kant, que planteaba que nunca conocemos la realidad tal como es, sino como nuestra mente puede percibirla. Quizás el universo que vemos sea apenas una traducción. Una versión simplificada de algo mucho más profundo.

Y me fascina imaginar que tal vez la conciencia humana sea el intento del universo de observarse a sí mismo. Una idea asociada a Carl Sagan. Si eso fuera cierto, entonces cada pregunta que nos hacemos sería una pregunta que el propio cosmos se está haciendo a través de nosotros.

Pero incluso esa idea tiene un límite.

Porque cuanto más me acerco a ciertas preguntas, más siento que el lenguaje se vuelve insuficiente.

Hay experiencias para las que no encuentro palabras.

Hay intuiciones que aparecen durante la meditación, mirando las estrellas o simplemente contemplando el paso del tiempo, que parecen existir en un lugar anterior al pensamiento.

Como si hubiera una región de la realidad que puede sentirse pero no explicarse.

Quizás por eso tantas tradiciones filosóficas y espirituales terminan encontrándose en el mismo punto: el misterio.

No el misterio como algo que debe resolverse, sino como algo que debe contemplarse.

Durante mucho tiempo pensé que la madurez consistía en encontrar respuestas.

Hoy sospecho que también consiste en aprender a convivir con preguntas imposibles.

Aceptar que nunca entenderé completamente qué es la conciencia, qué ocurre después de la muerte, qué había antes del comienzo o por qué existe el universo.

Y aun así seguir mirando.

Seguir preguntando.

Seguir maravillandome.

Porque tal vez la grandeza humana no esté en comprenderlo todo.

Tal vez esté en ser una criatura finita que puede asomarse al infinito, darse cuenta de que jamás lo abarcará por completo y, aun así, sentir amor por el misterio.

sábado, 2 de mayo de 2026

La pérdida

 La vida es una pérdida constante. Y cuanto más crezco, más brutal me resulta aceptarlo.

Perdés personas. A veces porque se mueren. A veces porque cambian. A veces porque cambiás vos y ya no pueden encontrarte en el mismo lugar.

Perdés casas. No solo paredes y techos, sino eso que alguna vez llamaste hogar y que después deja de pertenecerte, aunque siga existiendo en el mundo. Hay pérdidas que son así de crueles: no desaparecen, simplemente dejan de ser tuyas.

Perdés versiones de vos. La nena que creía que los adultos protegían. La adolescente que imaginaba cierto futuro. La persona que pensaba que si hacía todo “bien”, las cosas iban a ser justas.

Mentira.

La vida no negocia con tus expectativas.

Te arranca cosas sin pedir permiso. Personas, certezas, salud, vínculos, tiempo, inocencia, ilusiones. A veces de golpe. A veces lento, que es todavía peor, porque ves cómo algo se va apagando mientras seguís obligándote a convivir con eso.

Y hay pérdidas que nadie nombra. Nadie te acompaña cuando perdés una idea, una fantasía, una versión de familia, una relación que todavía existe pero ya no se siente viva, una amistad que mutó, un cuerpo que cambió, una etapa que no vuelve más.

Hay duelos invisibles por todos lados.

Gran parte del dolor viene de esta pelea absurda contra lo inevitable. Queremos congelar momentos. Conservar personas. Mantener estructuras. Hacer eterno lo que, por naturaleza, está destinado a transformarse o romperse.

Pero nada se queda.

Nada.

Y eso no es solo tristeza. También es una ley.

Porque si todo se quedara, nada nuevo podría entrar.

Nos cuesta aceptar que algo tenga que morir para que otra cosa exista. Como si el final fuera un error y no una condición.

Pero no hay apertura sin cierre.

No hay espacio sin pérdida.

Como en la muerte, que no es solo un final sino también una puerta (aunque duela, aunque no la entendamos) hay algo en ese cierre que habilita otra forma, otro lugar, otra versión.

Quizás no se trate de dejar de perder.

Quizás se trate de aprender a soltar sabiendo que, en algún punto que todavía no vemos, algo se está abriendo.