Hay pérdidas que no se llevan solamente a una persona.
Se llevan una parte de la historia.
Cuando una madre muere, no desaparece únicamente quien nos dio la vida. También desaparece el único ser humano que conocía nuestra historia desde el primer día. La única testigo de quiénes fuimos antes de aprender a hablar, antes de tener recuerdos, antes de convertirnos en quienes somos.
Y entonces una comprende que el duelo no empieza el día de la muerte.
Empieza mucho antes.
Empieza cada vez que entendemos que nuestros padres son humanos. Que tienen heridas. Que se equivocan. Que no siempre pueden amar de la manera en que necesitábamos ser amados.
Hay quienes pierden a una madre perfecta.
Otros perdemos a una madre real.
Una mujer llena de luces y sombras. Capaz de amar profundamente y, al mismo tiempo, incapaz de dar todo lo que hubiera querido. Una mujer con sus propias batallas, sus propios miedos y sus propios límites.
Y ese duelo es extraño.
Porque una llora a la persona que fue, pero también termina de despedirse de la madre que soñó tener.
Durante años creemos que algún día habrá una conversación pendiente, un abrazo distinto, una oportunidad para reparar lo que quedó roto.
Hasta que un día entendemos que ya no habrá otro cumpleaños, otro llamado ni otra tarde para intentarlo.
Y duele.
Duele porque la muerte tiene esa forma brutal de cerrar puertas que siempre imaginamos entreabiertas.
Pero también ocurre algo inesperado.
Con el tiempo dejamos de mirar solamente a la madre.
Empezamos a mirar a la mujer.
A esa mujer que hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Que también fue hija antes que madre. Que también cargó con historias que nunca conocimos del todo.
Eso no borra nuestras heridas.
Pero les cambia el color.
Ya no nacen únicamente del enojo.
Empiezan a mezclarse con la compasión.
Y entonces entendemos que crecer también consiste en aceptar una verdad difícil: nuestros padres nunca fueron dioses. Fueron personas.
Hoy ya no necesito que mi mamá sea distinta.
La abrazo en mi memoria tal como fue.
Con su sensibilidad, su arte, su manera irreverente de habitar el mundo, sus contradicciones y sus silencios.
Porque el amor más maduro no consiste en olvidar las heridas.
Consiste en poder mirar a alguien completo.
Y despedirlo completo.
Descansá, mamá.
El resto de nuestra conversación seguirá viviendo dentro de mí.

