Qué se supone que debo hacer cuando quiero hablar de paz y de entendimiento, pero hay quienes solo comprenden el lenguaje de la espada?
Qué hacer cuando intentás hablar de humanidad con quienes durante años eligieron la crueldad?
Hay personas que caminan por la vida sembrando heridas.
Siembran dolor y lo llaman poder.
Siembran miedo y lo llaman respeto.
Siembran destrucción y después se sorprenden cuando un día el campo deja de dar flores.
Pero la tierra recuerda.
Recuerda cada semilla.
Cada palabra que fue lanzada como una piedra.
Cada lágrima provocada.
Cada mano que empujó.
Cada corazón que fue roto.
Cada vida que fue dañada y luego abandonada como si nada hubiera ocurrido.
Y aunque durante mucho tiempo parezca que nada sucede, la tierra trabaja en silencio.
Porque todo lo que se siembra, algún día se cosecha.
No hablo de venganza.
La venganza pertenece al hombre.
Yo hablo de algo mucho más antiguo.
De la ley silenciosa de la existencia.
De esa fuerza invisible que hace que cada acto encuentre, tarde o temprano, su consecuencia.
Hay quienes creen que pueden caminar eternamente sobre las ruinas que dejaron detrás. Que el tiempo borrará sus huellas. Que las personas olvidarán. Que las heridas cicatrizarán sin dejar memoria.
Pero hay cosas que el tiempo no borra.
Y hay cosechas que tardan años en madurar.
Yo he visto cómo una persona puede ser herida una y otra vez por quienes deberían haberla protegido. He visto cómo el dolor puede acompañar una vida entera. He visto cómo algunas personas toman, destruyen, lastiman y continúan su camino creyendo que nada tendrá consecuencias.
Hasta que un día el campo cambia.
Hasta que el viento comienza a soplar de otra manera.
Hasta que aquello que estaba enterrado comienza a emerger.
Después de todo lo que vi y de todo lo que conocí, comprendí que algunas batallas no se ganan levantando una espada.
Se ganan permaneciendo de pie.
Se ganan diciendo la verdad.
Se ganan recordando.
Se ganan cuando aquello que intentaron esconder deja de estar oculto.
Por eso, si alguna vez mi lengua se convierte en hierro, no será para destruir.
Será para nombrar.
Para señalar.
Para recordar.
Porque hay silencios que protegen al culpable y hay palabras que liberan a quien sobrevivió.
Y quizás esa sea la espada más poderosa de todas: la verdad cuando finalmente deja de temer.
Ahora, te canto mi canción de espada.
No es una canción de guerra.
Es una canción de despertar.
Es la canción de quienes alguna vez fueron silenciados y un día encontraron su voz.
Es la canción de quienes vieron caer a quienes amaban y aun así decidieron seguir caminando.
Es la canción de quienes comprendieron que no todo final es un final.
Porque hay finales que son semillas.
Y hay semillas que esperan años bajo la tierra antes de comenzar a crecer.
Por eso no tengo prisa.
La tierra tiene su propio tiempo.
La justicia tiene su propio ritmo.
Y la vida, aunque parezca dormida, nunca deja de sembrar.
Todo lo que se hace deja una huella.
Todo lo que se da, regresa de alguna forma.
Todo lo que se siembra, se cosecha.
Y quizás lo que muchos todavía no comprenden es que la cosecha aún no empezó.
El horizonte todavía está gris.
Pero detrás de esa oscuridad hay un sol que comienza a levantarse.
Y cuando llegue, cuando la luz toque aquello que durante tanto tiempo permaneció oculto, los viejos fuegos parecerán apenas brasas moribundas.
Entonces entenderemos que la transformación nunca fue destrucción.
Fue renacimiento.
Y que algunas personas son castigadas por el universo.
Simplemente, un día, tienen que sentarse frente al espejo y contemplar el campo que ellas mismas sembraron.
La cosecha llegará.
No porque yo la invoque.
No porque yo la desee.
Sino porque ninguna semilla permanece enterrada para siempre.
