Hace cuatro días que murió Jaz y hay algo que recién ahora estoy empezando a registrar: el silencio.
No sé muy bien cómo describirlo. No es paz, tampoco es tranquilidad. Mucho menos felicidad. Es un silencio extraño, nuevo, casi desconocido. Como si de repente se hubiera apagado un ruido de fondo que llevaba nueve años acompañándome y recién ahora pudiera escuchar su ausencia.
Ya no hay visitas médicas que esperar, resultados que interpretar, mensajes que responder para saber cómo sigue, decisiones que tomar ni preguntas sobre qué va a pasar mañana. Ya no hay que estar pendientes de una internación, de un tratamiento, de si algo empeoró o de cuál será el próximo problema que tengamos que enfrentar.
Tampoco está la preocupación constante por mamá. Su salud, su situación, su departamento, qué hacer, cómo resolverlo, qué pasará después. Siempre había algo pendiente, algo que pensar, algo que anticipar, algún problema que tarde o temprano iba a necesitar de mí.
Durante nueve años, de una manera u otra, viví mirando hacia adelante. Intentando anticiparme a lo que podía pasar, preparándome para lo peor, buscando soluciones antes de que aparecieran los problemas. Porque cuando las cosas que amás están en riesgo, parece que no podés darte el lujo de dejar de pensar. Una parte de tu cabeza sigue trabajando incluso cuando estás haciendo cualquier otra cosa.
Y ahora, por primera vez en nueve años, hay silencio.
Es extraño porque yo no quería que este silencio llegara así. No quería que para dejar de preocuparme por Jaz tuviera que morir. No quería que terminara la incertidumbre de su enfermedad de esta manera. No quería dejar de pensar en mamá porque ya no está. No quería que desaparecieran las cosas que ocupaban mi cabeza a cambio de perder a las personas que estaban detrás de ellas.
Pero sucedió.
Y puedo sentir el dolor inmenso de que ya no estén y, al mismo tiempo, registrar que ya no tengo que estar pendiente de lo que va a pasar. Puedo extrañarlas y sentir el peso de su ausencia, pero también notar que algo de aquella tensión permanente se terminó.
Me cuesta escribir esto porque parece que una cosa contradijera a la otra. Como si sentir alivio significara que me importaban menos, que estoy aceptando demasiado rápido lo que pasó o que hay algo incorrecto en mí por poder reconocerlo.
Pero no. Creo que puedo extrañar a Jaz hasta no saber qué hacer con todo lo que me quedó por contarle y, al mismo tiempo, sentir que terminó una etapa de sufrimiento que nos atravesó a todos. Puedo llorar a mamá y también dejar de vivir pendiente de lo que podía suceder con ella.
Las dos cosas pueden existir juntas.
Quizás el duelo también sea esto: no solamente aprender a vivir con las ausencias, sino descubrir qué queda de nuestra vida cuando desaparecen las preocupaciones que durante tanto tiempo la organizaron.
Porque durante años hubo algo que hacer, alguien por quien preocuparse, una situación que resolver. Ahora tengo que aprender a habitar un tiempo diferente. Un tiempo en el que no hay una próxima consulta, una nueva noticia que esperar ni una urgencia que me obligue a pensar en el siguiente paso.
Y todavía no sé qué hacer con ese espacio.
No sé si es paz, si es agotamiento, si es que mi cabeza todavía no terminó de comprender todo lo que pasó o si simplemente necesito tiempo para acostumbrarme a una realidad que cambió demasiado rápido.
Solo sé que el silencio está ahí.
Y que, por primera vez en mucho tiempo, no tengo que prepararme para lo que viene.
Ahora tengo que aprender a vivir con lo que quedó.
Con el amor, con la tristeza, con las cosas que no pude evitar, con las conversaciones que ya no voy a tener y con todo lo que todavía no sé cómo acomodar dentro de mí.
Quizás empezar de cero no sea olvidar lo vivido ni encontrarle un sentido a cada pérdida. Quizás sea aprender a vivir sin estar permanentemente esperando que algo malo suceda.
Hace cuatro días que murió Jaz. No sé cuánto va a durar este silencio ni qué voy a encontrar cuando deje de sentirlo como algo extraño.
Por ahora, solamente lo registro.
Después de nueve años de vivir pendiente de lo que podía pasar, hay cosas que ya no tengo que esperar.
Y aunque daría cualquier cosa por no haber llegado a este momento de esta manera, también necesito permitirme reconocerlo.
El dolor está.
Las extraño.
Y el silencio también.
