La vida es una pérdida constante. Y cuanto más crezco, más brutal me resulta aceptarlo.
Perdés personas. A veces porque se mueren. A veces porque cambian. A veces porque cambiás vos y ya no pueden encontrarte en el mismo lugar.
Perdés casas. No solo paredes y techos, sino eso que alguna vez llamaste hogar y que después deja de pertenecerte, aunque siga existiendo en el mundo. Hay pérdidas que son así de crueles: no desaparecen, simplemente dejan de ser tuyas.
Perdés versiones de vos. La nena que creía que los adultos protegían. La adolescente que imaginaba cierto futuro. La persona que pensaba que si hacía todo “bien”, las cosas iban a ser justas.
Mentira.
La vida no negocia con tus expectativas.
Te arranca cosas sin pedir permiso. Personas, certezas, salud, vínculos, tiempo, inocencia, ilusiones. A veces de golpe. A veces lento, que es todavía peor, porque ves cómo algo se va apagando mientras seguís obligándote a convivir con eso.
Y hay pérdidas que nadie nombra. Nadie te acompaña cuando perdés una idea, una fantasía, una versión de familia, una relación que todavía existe pero ya no se siente viva, una amistad que mutó, un cuerpo que cambió, una etapa que no vuelve más.
Hay duelos invisibles por todos lados.
Gran parte del dolor viene de esta pelea absurda contra lo inevitable. Queremos congelar momentos. Conservar personas. Mantener estructuras. Hacer eterno lo que, por naturaleza, está destinado a transformarse o romperse.
Pero nada se queda.
Nada.
Y eso no es solo tristeza. También es una ley.
Porque si todo se quedara, nada nuevo podría entrar.
Nos cuesta aceptar que algo tenga que morir para que otra cosa exista. Como si el final fuera un error y no una condición.
Pero no hay apertura sin cierre.
No hay espacio sin pérdida.
Como en la muerte, que no es solo un final sino también una puerta (aunque duela, aunque no la entendamos) hay algo en ese cierre que habilita otra forma, otro lugar, otra versión.
Quizás no se trate de dejar de perder.
Quizás se trate de aprender a soltar sabiendo que, en algún punto que todavía no vemos, algo se está abriendo.


