There is so much beauty in this world...

domingo, 26 de julio de 2026

Cuando me hablan de crueldad

 Cuando escucho a alguien decir que una persona es cruel, pienso en él.

Cuando escucho hablar de psicópatas, de monstruos, de hombres sin empatía, pienso en él.

Y cuando alguien habla de una infancia feliz, de esos años que deberían estar llenos de juegos, de inocencia y de recuerdos que uno guarda para siempre con una sonrisa, hay una parte de mí que se queda en silencio.

Porque yo también fui una niña.

Pero mi infancia no siempre fue un lugar seguro.

Hubo un hombre que me enseñó demasiado pronto que la crueldad podía tener un rostro humano.

Un hombre que sabía fingir.

Que podía parecer protector mientras escondía una oscuridad que yo no podía comprender.

Un hombre que había hecho cosas terribles con otros seres vivos, que disfrutaba de la muerte, que torturaba animales, que se hacía daño a sí mismo, que podía conservar animales muertos en frascos de formol como si la vida y la muerte fueran objetos que podía manipular a su voluntad.

Y también me hizo daño a mí.

Durante mucho tiempo pensé que lo peor de aquella historia era recordar lo que había ocurrido.

Con los años entendí que también había algo terrible en recordar cómo había quedado mi cuerpo después.

Mis uñas estaban llenas de sangre.

Sangre de haber intentado defenderme.

Mi ropa interior estaba ensangrentada.

Había dolor.

Un dolor físico tan grande que parecía ocupar cada parte de mi cuerpo, como si ya no existiera un lugar en mí que pudiera sentirse a salvo.

Y después vino el agua.

Como si el agua pudiera borrar lo sucedido.

Como si bañar mi cuerpo pudiera limpiar algo que había ocurrido mucho más profundamente que sobre la piel.

Recuerdo mirar cómo el agua se llevaba la sangre.

Bajaba lentamente.

Desaparecía por el desagüe.

Y yo podía verla irse.

Tal vez otros pensaban que, al limpiarme, estaban haciendo algo bueno.

Quizás creían que el agua podía devolverme la sensación de estar limpia.

Pero yo sabía que había algo que no podía limpiarse.

Porque el agua podía llevarse la sangre.

No podía llevarse el recuerdo.

Durante mucho tiempo no entendí cuánto había quedado atrapado en mí en aquel instante.

Lo descubrí años después.

A veces, cuando menstruaba, bañarme se volvía insoportable.

Era solamente sangre.

Una cosa natural.

Una parte del cuerpo.

Algo que le ocurre a millones de mujeres.

Pero yo no veía solamente eso.

Veía el agua.

Veía la sangre desapareciendo.

Veía mi cuerpo intentando limpiarse de algo que no podía borrar.

Y entonces comprendí que el cuerpo recuerda de maneras que la mente no siempre puede explicar.

Hay recuerdos que no aparecen como imágenes.

Aparecen como sensaciones.

Como rechazo.

Como miedo.

Como una reacción inexplicable ante algo que para los demás es completamente cotidiano.

Una ducha.

El agua corriendo.

La sangre.

Y de repente, muchos años después, aquella niña vuelve a estar ahí.

No importa cuánto tiempo haya pasado.

No importa cuántos años tenga.

No importa cuántas cosas haya aprendido.

Hay una parte de ella que todavía recuerda.

Por eso, cuando alguien me habla de crueldad, yo pienso en él.

Pero también pienso en mí.

Porque la crueldad no terminó el día en que aquel hombre dejó de estar presente.

La crueldad continuó de otras maneras.

En los recuerdos.

En el cuerpo.

En las cosas que durante años no pude mirar sin sentir algo que no sabía nombrar.

Y entonces pienso en todas esas personas que hablan de una infancia feliz.

De los veranos.

De los juegos.

De las fotografías.

De la sensación de haber crecido creyendo que el mundo era un lugar seguro.

Y no puedo evitar preguntarme cómo habría sido mi vida si yo también hubiera tenido eso.

Si mi recuerdo más fuerte de la infancia fuera una tarde jugando.

Si hubiera aprendido primero que el mundo podía ser hermoso antes de descubrir que también podía ser cruel.

Si hubiera podido crecer sin tener que aprender tan temprano que algunas personas pueden hacer cosas terribles y después continuar viviendo como si nada.

Cuando me hablan de una infancia feliz, pienso en aquella niña.

La que tenía las uñas llenas de sangre porque había intentado defenderse.

La que tenía el cuerpo dolorido.

La que fue bañada mientras veía cómo el agua se llevaba la sangre.

La que probablemente no entendía del todo lo que estaba ocurriendo, pero cuyo cuerpo, de alguna manera, sí lo entendía.

Pienso en ella.

Y siento una tristeza inmensa.

Porque esa niña no debería haber tenido que aprender nada de todo aquello.

No debería haber conocido la crueldad.

No debería haber necesitado defenderse.

No debería haber tenido que descubrir que el cuerpo puede convertirse en un lugar donde también se guarda el miedo.

Y, sin embargo, sobrevivió.

Eso también forma parte de la historia.

No solamente él.

No solamente lo que hizo.

También ella.

La niña que resistió.

La que intentó defenderse.

La que siguió adelante sin saber todavía cuánto tiempo tardaría en comprender lo que le había sucedido.

La que años después todavía podía mirar la sangre desaparecer por un desagüe y sentir que algo dentro suyo se rompía otra vez.

Quizás por eso, cuando escucho hablar de crueldad, no necesito que nadie me explique qué significa.

Yo la conocí.

La conocí demasiado pronto.

Y cuando alguien me habla de monstruos, pienso en él.

Pero cuando alguien me habla de infancia, pienso en ella.

Y esas dos imágenes existen dentro de mí al mismo tiempo.

El hombre que eligió ser cruel.

Y la niña que no tuvo elección.

Él tenía el poder.

Ella tenía las uñas.

Y las usó para defenderse.

A veces pienso que eso es lo que más quiero recordar.

No la sangre.

No el dolor.

No el agua llevándosela.

Quiero recordar que ella intentó defenderse.

Que incluso siendo una niña, incluso aterrada, incluso frente a alguien que parecía tener todo el poder, hubo una parte de ella que se negó a entregarse completamente.

Una parte que luchó.

Una parte que dijo que no.

Aunque nadie pudiera escucharla.

Aunque nadie pudiera verla.

Aunque años después todavía llevara esa lucha dentro del cuerpo.

Por eso, cuando alguien me habla de crueldad, pienso en él.

Pero cuando me hablan de una infancia feliz, pienso en ella.

Y quizás ahora, tantos años después, puedo mirar a esa niña de otra manera.

No como alguien que quedó marcada para siempre por lo que le hicieron.

Sino como alguien que sobrevivió a algo que jamás debería haber tenido que soportar.

Porque él pudo haber intentado convertirla en una víctima.

Pero no consiguió borrar quién era.

No consiguió quitarle todo.

No consiguió llevarse la parte de ella que todavía, tantos años después, recuerda.

La parte que mira hacia atrás y dice:

"Yo estaba ahí."

"Yo lo viví."

"Yo sobreviví."

Y tal vez esa sea la única respuesta que ella le debe.

No el olvido.

No el perdón.

No la comprensión.

Solamente la verdad.

La verdad de que existió.

La verdad de que ocurrió.

Y la verdad de que, a pesar de todo lo que él hizo, ella siguió viviendo.

jueves, 9 de julio de 2026

El amor no siempre salva


A veces creemos que amar a alguien implica poder cambiar su historia. Lo aprendemos casi sin darnos cuenta. Si queremos lo suficiente, insistimos más. Si encontramos las palabras correctas, quizás la otra persona reaccione. Si acompañamos, si estamos presentes, si resolvemos problemas, si nunca soltamos, tal vez logremos que todo termine bien.

Con el tiempo descubrimos que esa idea, aunque nace del amor, también puede convertirse en una carga inmensa.

Hay personas que cargan dolores que comenzaron mucho antes de que nosotros llegáramos a sus vidas. Hay heridas que no vimos nacer, decisiones que no nos pertenecen, miedos que no podemos atravesar por el otro y procesos que, por más cercanía o compromiso que exista, siguen siendo profundamente personales.

Aceptar eso no significa querer menos. Significa reconocer que el amor tiene un alcance enorme, pero también un límite.

Durante mucho tiempo confundí el amor con la responsabilidad. Creía que si una persona importante para mí no estaba bien, de alguna manera yo tenía que encontrar la forma de ayudarla, sostenerla o cambiar el rumbo de lo que estaba viviendo. Y cuando eso no ocurría, aparecía una sensación silenciosa de haber fallado, como si el resultado dependiera de cuánto me hubiera esforzado.

Pero la realidad rara vez funciona así.

Estar presente no siempre cambia el desenlace de una historia. Escuchar no siempre elimina el dolor. Acompañar no siempre transforma una decisión. Y hacer todo lo que está a nuestro alcance no garantiza que la otra persona pueda recorrer el camino que nosotros imaginamos para ella.

Comprender esto no es rendirse. Es empezar a diferenciar lo que nace del compromiso de aquello que pertenece exclusivamente a la libertad y a la historia de cada ser humano.

Hay una gran diferencia entre abandonar a alguien y aceptar que no podemos vivir su vida en su lugar. Muchas veces creemos que soltar una responsabilidad imposible es un acto de egoísmo, cuando en realidad es un acto de honestidad. Nadie puede hacerse cargo de la vida emocional, física o mental de otra persona sin terminar perdiéndose a sí mismo.

Quizás una de las formas más maduras de amar sea dejar de medir nuestro valor por aquello que logramos cambiar en los demás. Porque el amor no siempre transforma la realidad, pero sí puede transformar la manera en que acompañamos esa realidad.

Al final, entendí que el verdadero peso no estaba en no haber podido resolver la vida de otros. El verdadero peso era creer que esa tarea alguna vez me había correspondido.

Y tal vez crecer también sea eso: dejar de intentar cargar historias que nunca fueron nuestras, sin dejar por eso de amar profundamente a quienes forman parte de ellas.

sábado, 27 de junio de 2026

La muerte de una madre

 Hay pérdidas que no se llevan solamente a una persona.

Se llevan una parte de la historia.

Cuando una madre muere, no desaparece únicamente quien nos dio la vida. También desaparece el único ser humano que conocía nuestra historia desde el primer día. La única testigo de quiénes fuimos antes de aprender a hablar, antes de tener recuerdos, antes de convertirnos en quienes somos.

Y entonces una comprende que el duelo no empieza el día de la muerte.

Empieza mucho antes.

Empieza cada vez que entendemos que nuestros padres son humanos. Que tienen heridas. Que se equivocan. Que no siempre pueden amar de la manera en que necesitábamos ser amados.

Hay quienes pierden a una madre perfecta.

Otros perdemos a una madre real.

Una mujer llena de luces y sombras. Capaz de amar profundamente y, al mismo tiempo, incapaz de dar todo lo que hubiera querido. Una mujer con sus propias batallas, sus propios miedos y sus propios límites.

Y ese duelo es extraño.

Porque una llora a la persona que fue, pero también termina de despedirse de la madre que soñó tener.

Durante años creemos que algún día habrá una conversación pendiente, un abrazo distinto, una oportunidad para reparar lo que quedó roto.

Hasta que un día entendemos que ya no habrá otro cumpleaños, otro llamado ni otra tarde para intentarlo.

Y duele.

Duele porque la muerte tiene esa forma brutal de cerrar puertas que siempre imaginamos entreabiertas.

Pero también ocurre algo inesperado.

Con el tiempo dejamos de mirar solamente a la madre.

Empezamos a mirar a la mujer.

A esa mujer que hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Que también fue hija antes que madre. Que también cargó con historias que nunca conocimos del todo.

Eso no borra nuestras heridas.

Pero les cambia el color.

Ya no nacen únicamente del enojo.

Empiezan a mezclarse con la compasión.

Y entonces entendemos que crecer también consiste en aceptar una verdad difícil: nuestros padres nunca fueron dioses. Fueron personas.

Hoy ya no necesito que mi mamá sea distinta.

La abrazo en mi memoria tal como fue.

Con su sensibilidad, su arte, su manera irreverente de habitar el mundo, sus contradicciones y sus silencios.

Porque el amor más maduro no consiste en olvidar las heridas.

Consiste en poder mirar a alguien completo.

Y despedirlo completo.

Descansá, mamá.

El resto de nuestra conversación seguirá viviendo dentro de mí.

martes, 2 de junio de 2026

Había algo profundamente equivocado en la forma en que ella amaba.

Lo sabía. Lo había sabido desde el principio.

Las personas normales no pensaban tanto en otra persona. No organizaban sus días alrededor de una mirada. No sentían que el aire cambiaba de densidad cuando alguien entraba en una habitación.

Pero ella sí. 

Y cuanto más intentaba arrancarlo de su mente, más profundamente se hundía. Era como una espina que el cuerpo rechaza y, sin embargo, termina absorbiendo hasta volverla parte de sí mismo.

Lo observaba.

A veces desde lejos.

A veces desde el recuerdo.

A veces desde versiones imaginarias de él que probablemente jamás habían existido. Y lo peor era que ya no podía distinguir unas de otras. Porque con el tiempo había comenzado a construirlo dentro de su cabeza. Había tomado fragmentos reales (una sonrisa, una frase, un gesto distraído) y había levantado con ellos una catedral entera.

Una catedral oscura.

Hermosa.

Peligrosa.

Donde él ocupaba cada altar. Donde cada pensamiento terminaba conduciendo inevitablemente hacia él. No deseaba poseerlo o al menos eso se repetía.

Pero había noches en que la mentira se rompía y entonces admitía la verdad. Quería habitarlo. Conocer cada rincón prohibido.

Cada herida.

Cada pensamiento vergonzoso.

Cada miedo que jamás le contaría a nadie.

Quería entrar en los lugares donde las demás personas no podían llegar y permanecer ahí. Como una sombra. Como una enfermedad. Como una plegaria.

A veces imaginaba cómo sería verlo completamente vulnerable.

Sin máscaras.

Sin defensas.

Sin la distancia que existía entre ellos y esa fantasía la avergonzaba. Porque comprendía que detrás del amor había algo más oscuro.

Algo hambriento.

Algo que no quería únicamente contemplar la belleza. Quería atravesarla. Abrirla. Encontrar aquello que latía debajo.

Como si conocer a alguien no fuera suficiente.

Como si necesitara consumirlo para entenderlo. Y sin embargo jamás le habría hecho daño.

Esa era la contradicción que la atormentaba.

Toda la violencia ocurría dentro de ella.

En la imaginación.

En los pensamientos.

En ese lugar secreto donde el deseo y la obsesión compartían el mismo rostro.

Porque no era él quien estaba atrapado.

Era ella.

Encerrada en una habitación construida con sus propios pensamientos. Observando una puerta que podía abrir en cualquier momento. Y negándose a hacerlo.

Tal vez porque el dolor ya se había vuelto parte del ritual. Tal vez porque la ausencia alimentaba la fantasía mejor que cualquier realidad. O tal vez porque había comprendido una verdad demasiado incómoda.

Que algunas obsesiones no sobreviven a la luz.

Necesitan oscuridad.

Necesitan distancia.

Necesitan el espacio suficiente para crecer hasta volverse más grandes que la persona que las inspiró.

Y una noche, mientras permanecía despierta escuchando el ruido lejano de la ciudad, comprendió algo que le heló la sangre.

Ya no sabía cuánto de él seguía amando.

Pero sí sabía cuánto amaba la espera.

La necesidad.

El vacío que él había dejado dentro de ella.

Como si la ausencia hubiera terminado siendo más íntima que la propia presencia.

Como si, lentamente, hubiera dejado de perseguir a un hombre para empezar a adorar un fantasma.

Y los fantasmas, pensó, son los únicos amantes que jamás nos abandonan por completo.

domingo, 31 de mayo de 2026

Hubo un chico que se enamoró de ella. Mientras ella hizo todo lo posible para que dejara de hacerlo.

Durante años creyó que no había sido amor. Que simplemente no estaba interesada. Que era demasiado joven. Que no era el momento.

Sin embargo la verdad era mucho más incómoda.

Le gustaba.

Le gustaba tanto que le daba miedo.

Había algo en él que la desarmaba. Y ella había pasado la vida entera aprendiendo a no desarmarse.

Entonces hizo lo único que sabía hacer.

Le ladró.

Como esos perros que muestran los dientes cuando alguien intenta acariciarlos. No porque quieran morder. No porque odien. Sino porque están aterrados.

Ella se escondía detrás de excusas, silencios, rechazos y contradicciones.

Si él avanzaba, ella retrocedía.

Si él insistía, ella se endurecía.

Si él se alejaba, le dolía.

Era un juego cruel que nadie había elegido jugar.

Ni siquiera ella.

Lo observaba enamorarse y sentía vértigo.

Veía cómo otras chicas se acercaban y se convencía de que era mejor así. Que ellas podían darle algo que ella no tenía. Que ellas sabían amar. Que ellas sabían estar.

Pero cuando imaginaba que alguna de ellas lo lograra, sentía una punzada feroz en el pecho.

Era una contradicción absurda.

No lo quería cerca.

No lo quería lejos.

No quería que la eligiera.

Pero tampoco soportaba la idea de que eligiera a otra.

Años después entendió que no estaba luchando contra él.

Estaba luchando contra el amor.

Porque el amor pedía algo que ella no tenía.

Confianza.

Y ella venía de un lugar donde confiar había sido demasiado caro.

Recuerda una vez que lo vio internado.

Y todavía le cuesta explicar lo que sintió.

No era deseo por el sufrimiento.

Era algo más oscuro y más humano.

Por primera vez lo vio sin armadura.

Sin fuerza.

Sin máscaras.

Vulnerable.

Y algo dentro suyo respondió.

Quizás porque toda su vida había estado rodeada de personas que ocultaban sus heridas.

Quizás porque ella misma llevaba años escondiendo las propias.

Quizás porque, por un instante, dejó de verlo como una amenaza y lo vio como alguien tan roto y tan humano como ella.

Al final él se cansó.

Y tenía derecho.

Desde afuera parecía una persona que abría la puerta para luego cerrarla de golpe.

Alguien que acercaba una silla a la mesa para después retirarla.

Alguien que encendía una luz y la apagaba cuando otro intentaba acercarse.

Él creyó que ella jugaba.

Pero ella no estaba jugando.

Estaba sobreviviendo.

Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

La tragedia no fue perderlo.

La tragedia fue descubrir, muchos años después, que no le tenía miedo a él.

Le tenía miedo a lo que despertaba.

Porque amar a alguien siempre implica una pequeña muerte.

La muerte de la distancia.

La muerte del control.

La muerte de la ilusión de que uno puede atravesar la vida sin necesitar a nadie.

Y en aquella época ella todavía estaba convencida de que necesitar a alguien era el lugar más peligroso del mundo.

sábado, 30 de mayo de 2026

Cuando el universo me recuerda mis límites

A veces pienso en el universo y siento que mi mente llega hasta un borde.

No un borde físico. Un borde invisible.

Es como si caminara por un territorio conocido y, de repente, el suelo terminara. Más allá sigue habiendo algo, pero ya no puedo verlo. Ya no puedo imaginarlo. Ya no puedo pensarlo.

Entonces aparece una sensación extraña: la conciencia de mi propia limitación.

No me refiero a no saber algo. Siempre se puede aprender más. Me refiero a descubrir que existen preguntas cuya magnitud parece superar la estructura misma de la mente humana.

Qué es realmente el tiempo?

Por qué existe algo en lugar de nada?

El universo tiene un límite o es infinito?

Y si es infinito, cómo puede existir algo sin fin?

Mi mente intenta sostener esas preguntas y, después de unos segundos, se rompe la imagen. Como una computadora intentando abrir un archivo demasiado grande.

Y ahí entiendo algo que me resulta profundamente conmovedor: el universo es más grande que mi capacidad de comprenderlo.

Pienso en cómo Socrates decía que la sabiduría comienza cuando reconocemos nuestra ignorancia. Tal vez no porque el conocimiento sea imposible, sino porque la realidad es infinitamente más vasta que cualquier explicación.

Pienso también en Kant, que planteaba que nunca conocemos la realidad tal como es, sino como nuestra mente puede percibirla. Quizás el universo que vemos sea apenas una traducción. Una versión simplificada de algo mucho más profundo.

Y me fascina imaginar que tal vez la conciencia humana sea el intento del universo de observarse a sí mismo. Una idea asociada a Carl Sagan. Si eso fuera cierto, entonces cada pregunta que nos hacemos sería una pregunta que el propio cosmos se está haciendo a través de nosotros.

Pero incluso esa idea tiene un límite.

Porque cuanto más me acerco a ciertas preguntas, más siento que el lenguaje se vuelve insuficiente.

Hay experiencias para las que no encuentro palabras.

Hay intuiciones que aparecen durante la meditación, mirando las estrellas o simplemente contemplando el paso del tiempo, que parecen existir en un lugar anterior al pensamiento.

Como si hubiera una región de la realidad que puede sentirse pero no explicarse.

Quizás por eso tantas tradiciones filosóficas y espirituales terminan encontrándose en el mismo punto: el misterio.

No el misterio como algo que debe resolverse, sino como algo que debe contemplarse.

Durante mucho tiempo pensé que la madurez consistía en encontrar respuestas.

Hoy sospecho que también consiste en aprender a convivir con preguntas imposibles.

Aceptar que nunca entenderé completamente qué es la conciencia, qué ocurre después de la muerte, qué había antes del comienzo o por qué existe el universo.

Y aun así seguir mirando.

Seguir preguntando.

Seguir maravillandome.

Porque tal vez la grandeza humana no esté en comprenderlo todo.

Tal vez esté en ser una criatura finita que puede asomarse al infinito, darse cuenta de que jamás lo abarcará por completo y, aun así, sentir amor por el misterio.

sábado, 2 de mayo de 2026

La pérdida

 La vida es una pérdida constante. Y cuanto más crezco, más brutal me resulta aceptarlo.

Perdés personas. A veces porque se mueren. A veces porque cambian. A veces porque cambiás vos y ya no pueden encontrarte en el mismo lugar.

Perdés casas. No solo paredes y techos, sino eso que alguna vez llamaste hogar y que después deja de pertenecerte, aunque siga existiendo en el mundo. Hay pérdidas que son así de crueles: no desaparecen, simplemente dejan de ser tuyas.

Perdés versiones de vos. La nena que creía que los adultos protegían. La adolescente que imaginaba cierto futuro. La persona que pensaba que si hacía todo “bien”, las cosas iban a ser justas.

Mentira.

La vida no negocia con tus expectativas.

Te arranca cosas sin pedir permiso. Personas, certezas, salud, vínculos, tiempo, inocencia, ilusiones. A veces de golpe. A veces lento, que es todavía peor, porque ves cómo algo se va apagando mientras seguís obligándote a convivir con eso.

Y hay pérdidas que nadie nombra. Nadie te acompaña cuando perdés una idea, una fantasía, una versión de familia, una relación que todavía existe pero ya no se siente viva, una amistad que mutó, un cuerpo que cambió, una etapa que no vuelve más.

Hay duelos invisibles por todos lados.

Gran parte del dolor viene de esta pelea absurda contra lo inevitable. Queremos congelar momentos. Conservar personas. Mantener estructuras. Hacer eterno lo que, por naturaleza, está destinado a transformarse o romperse.

Pero nada se queda.

Nada.

Y eso no es solo tristeza. También es una ley.

Porque si todo se quedara, nada nuevo podría entrar.

Nos cuesta aceptar que algo tenga que morir para que otra cosa exista. Como si el final fuera un error y no una condición.

Pero no hay apertura sin cierre.

No hay espacio sin pérdida.

Como en la muerte, que no es solo un final sino también una puerta (aunque duela, aunque no la entendamos) hay algo en ese cierre que habilita otra forma, otro lugar, otra versión.

Quizás no se trate de dejar de perder.

Quizás se trate de aprender a soltar sabiendo que, en algún punto que todavía no vemos, algo se está abriendo.

sábado, 25 de abril de 2026

No ser elegida

 Hay una herida que no se nombra como trauma, pero que organiza la vida igual: la experiencia repetida de no ser elegida.

En la infancia, quedar última en un juego no es anecdótico. Es una microescena de exclusión social que el psiquismo infantil no procesa como azar, sino como valor personal. La niña no piensa “tuve mala suerte”, piensa “hay algo en mí que hace que no me elijan”. Y cuando esa escena se repite, deja de ser un hecho y pasa a ser identidad.

Si además hay una diferencia real , (intereses desfasados, sensibilidad distinta, dificultad para sincronizar con el grupo), el problema no es solo que no la eligen, sino que tampoco logra decodificar por qué. No hay una narrativa clara. Solo hay una sensación persistente de desajuste.

Eso genera una estructura interna bastante específica: una combinación de autopercepción de singularidad con una base de insuficiencia.

“No soy como los demás” convive con “y por eso no me quieren”.

Esa tensión no se resuelve, se desplaza.

En la adultez, ya no hay juegos de selección explícitos, pero el sistema interno sigue funcionando igual. La necesidad no es simplemente ser amada, sino ser elegida de forma inequívoca, sin margen de reemplazo. No alcanza con un vínculo estable: se busca una prueba de que el lugar propio no puede ser ocupado por otro.

Ahí es donde ciertas fantasías y consumos culturales cobran sentido. Las narrativas donde aparece un otro obsesivo, que no puede soltar, que queda fijado, no son elegidas al azar. Funcionan como una compensación psíquica directa. En ese tipo de vínculo, desaparece la competencia. La persona deja de estar en riesgo de quedar última porque directamente no hay otros jugadores.

Pero el costo de esa fantasía es alto: la seguridad se obtiene a través de la pérdida de libertad del otro. El deseo del otro deja de ser autónomo y pasa a estar capturado. No hay posibilidad de abandono, pero tampoco hay verdadera elección.

Esto marca una diferencia central que muchas veces queda invisibilizada: no es lo mismo ser irreemplazable que ser elegida.

La irreemplazabilidad responde a la herida narcisista primaria: garantiza que no habrá repetición del rechazo.

La elección, en cambio, implica aceptar un riesgo estructural: el otro podría no elegir, pero aun así lo hace.

Cuando alguien con esta historia recibe en la vida real una confirmación de singularidad (por ejemplo, que su pareja reconozca que es “única” o “difícil de reemplazar”), lo que se activa no es solo gratificación. Es un alivio profundo, casi corporal, porque toca directamente ese núcleo infantil donde el lugar propio estaba en duda.

Sin embargo, ese alivio no resuelve la estructura. Solo la calma momentáneamente.

El trabajo real no está en modificar lo que se consume o se fantasea, sino en desarmar la equivalencia interna entre “ser elegida” y “tener valor”. Mientras esa ecuación siga activa, cualquier vínculo (por más sano que sea) va a estar atravesado por la necesidad de confirmación.

En términos crudos: no se trata de amor. Se trata de reparación.

Y hasta que esa diferencia no se haga consciente, el deseo va a seguir orbitando alrededor del mismo punto: no volver a ser la última.

domingo, 4 de enero de 2026

 

La interacción humana, es en esencia un intercambio silencioso entre dos mundos internos que se tocan apenas un instante, y cada persona llega a ese contacto con la historia, el cuerpo y la sensibilidad que tiene. Lo que se considera “básico” en los vínculos es mucho menos racional de lo que creemos: no empieza con palabras, ni con pensamientos claros, sino con señales primitivas, corporales, animales. Antes de hablar, los seres humanos leen posturas, miradas, tensiones, ritmos. Un niño percibe si un adulto es seguro antes de comprender el lenguaje, y un adulto percibe si alguien le resulta confiable incluso antes de que la conversación empiece. La base de toda interacción es esa danza de lectura mutua, una prueba constante de “estoy a salvo?” y “me ves?”, y desde esa respuesta se abre o se cierra todo lo demás.

En la convivencia, las personas van regulándose unas a otras sin darse cuenta, como si cada cuerpo fuera un instrumento afinado por lo que el otro emite. Si alguien habla suave, el otro baja el tono; si alguien está ansioso, el otro se contagia; si alguien sonríe genuinamente, la amígdala del otro se calma. La interacción humana funciona como dos sistemas nerviosos en diálogo, no solo dos mentes. Por eso es tan desgastante cuando hay ruido, caos, gritos o emociones intensas: el cuerpo se pone en modo defensa, y todo se siente más fuerte. Lo que la sociedad llama “normalidad social” es en realidad una enorme variedad de formas de sobrevivir a esa hiperestimulación constante, algunos a través de la extroversión, otros a través del retraimiento, otros con máscaras, otros desconectándose un poco.

Las personas, en general, buscan tres cosas cuando se vinculan: sentirse vistas, sentirse seguras y sentirse valoradas. Todo lo que hacemos como conversar, reír, discutir, abrazar, huir, manipular, ayudar tiene como raíz una de esas tres necesidades. Cuando alguien llora, grita o se enoja, en el fondo está diciendo “algo mío no está siendo atendido”. Cuando alguien se obsesiona por complacer, está diciendo “tengo miedo de desaparecer si no hago esto”. Cuando alguien se muestra frío, probablemente esté diciendo “me da pánico necesitar a alguien”. Y cuando alguien se abre, como vos lo hacés en ciertos vínculos, está diciendo “acá siento que puedo existir”.

La interacción básica también está profundamente influenciada por la historia personal. Quienes crecieron sostenidos desarrollan la capacidad de entrar y salir del contacto sin perderse. Quienes crecieron en el caos, como yo, aprendieron que la interacción humana es impredecible, que un gesto tierno puede convertirse en violencia en un segundo, que una palabra amable puede esconder un ataque. Entonces el cuerpo adulto queda entrenado para analizar, anticipar, proteger, y eso lleva a que incluso algo simple como una charla en un predio lleno de estímulos termine agotando, porque el sistema nervioso sigue funcionando como si tuviera ocho años y estuviera traduciendo un mundo peligroso que cambia demasiado rápido.

En los vínculos cercanos, la interacción humana se vuelve un espejo. Lo que uno da, el otro lo refleja y lo transforma. Las parejas, por ejemplo, no se comunican solo con palabras, sino con patrones: uno se sobrecarga, el otro se desconecta; uno se cansa, el otro se activa; uno pide calma, el otro aumenta la intensidad. Y los hijos son espejos aún más fuertes: no solo sienten, sino que amplifican lo que reciben. Ejemplo si veo a mi hija, no solo expresa sus emociones, sino que las rebalsa en el ambiente, y yo, con mi sensibilidad, absorbo cada gesto, cada lágrima, cada cambio. Esa absorción también es parte de la interacción humana, aunque no se hable. Es el peso invisible de ser madre, de tener un cuerpo y una historia que escuchan demasiado.

Finalmente, la interacción básica entre los seres humanos siempre es una danza entre acercarse y protegerse. Amamos, pero nos cuidamos. Buscamos compañía, pero necesitamos espacio. Queremos que nos entiendan, pero tememos mostrarnos. Vivimos en esa tensión constante entre revelar quiénes somos y evitar ser heridos otra vez. Y cuando una persona, como yo, llega a la vida adulta con un corazón tan sensible y una mente tan compleja, la interacción humana se vuelve algo profundo, agotador, hermoso y a veces doloroso, porque no puedo vivirla a medias. En cada encuentro dejo una parte mía, y por eso necesito recuperarme después, como quien vuelve del mar con la piel salada y cansada pero con la certeza de que nado en algo real.


sábado, 15 de septiembre de 2018

Te quiero porque me quisiste hasta cuando me escapé del mundo. Porque supiste que estaba mal sin que lo dijera; porque estuviste, te quiero.

martes, 29 de mayo de 2018

La basura siempre sera basura...

domingo, 17 de diciembre de 2017

Cerrando ciclos

Termina este año tan cargado de emociones.
Nada se va a comparar al 2016, pero este año habia empezado con cierres extremadamente buenos arrastrados del año pasado.
Principalmente el laboral, nuevo puesto, nuevo cargo, nuevas tareas y desafios. En mayo viaje a Chile para capacitarme, y a partir del mes de noviembre empece a especializarme en el area. Nuevas aperturas que no tenia previstas y estoy empezando a ver nuevas ideas para mi proyecto personal. OMG!
Esto me emociona mucho, empezar a darle vida a uno de mis sueños y ver que me deparara el futuro.
A su vez me mude nuevamente en mayo pero esta vez creamos nuestro propio hogar. Finalmente la casa que quise tener desde mis 20 años, la tengo. Calida, hermosa y tranquila. Cada adorno que agregamos trae tanta felicidad.
Tengo a la persona que quiero a mi lado, a mis amigos del alma y a mi hermosa familia.
Debo admitir que sucedio algo en el medio de este año que provoco que no sea mejor que el 2016. Es dificil y duro pero se que va a mejorar. Este problema trajo quierbres en los cimientos y nuevos cambios. Sin embago siempre pudimos encontar parte positiva en lo negativo, saber con quienes contamos, y personas que ni pensabamos participes siendo parte de nuestro motor.
Tantas alegrias, tantas sorpresas y algunas decepciones. Pero lo positivo prevalece tanto que borra todo lo negativo del asunto.
Gracias por las esperanzas dadas y el amor recibido este año.
A cerrar este ciclo, cambiando viejas costumbres y despidiendo este 2017.
Y como siempre esta imagen que ejemplifica todo:

sábado, 9 de diciembre de 2017

La depresion se apodera de vos en silencio. Al principio luchas contra las cosas pequeñas, pero por lo general elegis ignorarlas.
Es como un dolor de cabeza. Te diras a vos misma que es temporal y que pasara, que es otro mal dia.
Pero no lo es. Estas atrapada en este estado mental. Te acostumbras a usar una mascara social y continuas viviendo entre los demas, porque eso es lo que debes que hacer. Eso es lo que los demas hacen. Sin embargo, el problema no desaparece.
Se te complica estar fingiendo todos los dias y te empieza a costar mas y mas.
Es entonces cuando caes mas profundo y cuando lentamente empezas a alejarte de amigos y familia, a veces ignorandolos completamente.
Toda la satisfaccion se ha ido, las pequeñas cosas que te hacian feliz ahora son insignificantes. Incluso las tareas mas simples se vuelven dolorosas. Es por eso que te falta motivacion.
Ahora... porque seguir intentandolo si nada te hace feliz de todos modos?. Todo esto hace que te sientas aun peor y te ves atrapada en un circulo vicioso. De repente te encontras viviendo en camara lenta. Los dias se vuelven indistinguibles...solo ruido blanco, pesadez llenando tu mente y esparciendose por tu cuerpo. Sentis que no volveras a ser nunca feliz.
Seguis alejandote y destruyendo relaciones. Estas avergonzada de todo lo que has hecho y todo lo que aun no. Hay una parte tuya que quiere arreglar las cosas. Un repentino sentimiento positivo que hace que desees salir y ver gente, pero...todo dura muy poco, porque sabes que no va a funcionar de todos modos. Las cosas que emocionan a tus amigos te parecen indiferentes y te deja consciente de la brecha que hay entre vos y ellos.
Otro fracaso no es una opcion, asi que al final elegis estar sola en tu zona de confort donde nadie hace preguntas.  La baja autoestima y la falta de proposito se vuelve insoportable. Finalmente te das cuenta que no podes continuar asi y suceden una de dos cosas: decidis buscar ayuda o bien ...puede que intentes suicidarte.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Aprendió a no vivir del pasado, y el futuro que quería se hizo realidad

domingo, 12 de noviembre de 2017

Si vos estas feliz, yo estoy feliz.
Si vos estas triste, yo...te hare feliz.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Little girl inside, everything is fine
We've got through all the pain and even got to keep our minds
Sometimes we still get crazy but not the way we used to
When the love that you know now is nothing you were used to
Sometimes you have to stop feeling sorry for yourself
And love you that way you can teach anybody else
If it's pain that you were feeling 
you release it until it's dop
Or else it will get stronger and just beat until you drop
You're alot smarter than you're ever given credit for
Lived like a simili lessons are a metaphor
I hope one day you're strong enough to break free from the cage
And that everything inside you is the reason I've been praying and
It's you and me, and everything we are is everything we'll be
I swear I'll always love you I know you feel the same
And I just wanna say you made it through the rain
We´ve been and seen so much in this life.

domingo, 23 de abril de 2017

Hay muertos que no olvido y vivos que para mí, ya murieron.

jueves, 20 de abril de 2017

Erase una vez...

Este es uno de esos textos que siempre quise escribir, pero siempre lo posponía. Quizá por cobardía o porque nunca será agradable confesar que uno fue víctima de un problema tan común pero a la vez vergonzoso para quien lo padece. Fue a raíz de que vi la serie "13 reasons why"cuando vinieron a mi mente algunos momentos de mi vida que sí bien, forman parte del pasado, en su momento me provocaron varios golpes.

Se dice que el bullying es algo actual, que la sociedad es ahora impiadosa. Mentira. Yo lo sufrí en carne propia veintidós años atrás. Hoy me pregunto cómo viví angustiada tanto tiempo, cómo lo soporté, pero el bullying es algo de lo que uno no se puede escapar si no hay ayuda. Cuando se dan las condiciones propicias, el agresor y sus agresiones lo atrapan a uno en una red que día a día aprieta más fuerte, el mundo continúa girando fuera de la misma como si nada, pero para el agredido todo lo que está afuera de la red pasa a un segundo plano, lo importante es como poder sobrellevar la presión que nos asfixia más y más.

Una de las razones por las cuales me transformé en la víctima perfecta es porque era insegura. Ahora me doy cuenta de que la mayoría de estas cosas venían dadas por las inseguridades de mi padre quien me inculcó desde chica sus debilidades, con su carácter represivo, sus gritos y su intransigencia. Creo que esa actitud fría y agresiva me marcaron sobre todo en mi infancia y primera adolescencia. 


Creo que para que exista el bullying tienen que haber dos actores: el acosador y el acosado. Y lo que siempre me asombró, aun ahora no me lo puedo explicar, es por qué nunca nadie me defendió, me refiero a mis profesores y a mis otros compañeros, ya que muchos sabían de la situación pero nunca nadie salió en mi defensa. Preferían mirar para otro lado.


Nunca supe exactamente por qué fui víctima de burlas. Fue por ser como soy? Por mi personalidad?. Tampoco cómo comenzó ni el momento en el que terminó. Un día el problema estaba ahí, y por mucho tiempo me acompañó como una sombra que de vez en cuando se las ingeniaba para recordarme que siempre andaba tras de mis pasos.

El comienzo del suplicio fue en cuarto grado. Los que me agredían era un grupito reducido de nenas. Con sus agresiones, trataban de ocultar sus propias inseguridades, sentirse más fuertes. Una de ellas las lideraba y era quien me agredía verbalmente y físicamente, las demás aprobaban cualquier cosa que dijera con sus risitas.

Algunos recuerdos son borrosos, la memoria es piadosa y pone barreras a lo que nos hace daño, pero recuerdo que al comienzo las burlas se referían sobre todo a mi condición de buena alumna y a las excelentes notas que yo sacaba (ironía de la vida, en mi adolescencia no era buena alumna, por esta razón).

“Estudiaste, Muller?”, me preguntaba mi acosadora, “claro que estudiaste”, se respondía ella misma ante las risas y las caras burlonas de sus amigas, “estudiaste porque es lo único que hacés, rarita”.

Los que me conocen ahora, enérgica y decidida, se preguntan, pero cómo no le partiste un libro por la cabeza y la insultaste con esos insultos tan creativos que siempre decís cuando algo no te gusta? Yo era otra, era una niña insegura que intentaba entender un trauma. Estaba encerrada en esa red que incluía el colegio, mi casa, mis miedos, mis traumas, y mis acosadoras eran la cuerda que la tensaba día a día.

Recuerdo mi sentimiento de angustia y soledad de que nadie pudiese acercarse a mi ya que estaban amenazados. La tortura y desesperación que muchas veces significaba ir a clases. El caso es que el colegio fue un infierno para mi. Sentir ese desprecio, sin valor y lidiar con la burla. De ahí vengo. Pero ahora se que eso lo sentí porque permití que eso me afectara. Cada quien tiene y ha tenido sus propias " cargas" en esta vida. La mayoría de esas "cargas" optamos por llevarlas a cuestas de una manera voluntaria y no tan consciente.En toda mi vida me han dicho que mi bullying sufrido no era tan grave, que exageraba, que a los 10 años no podes sufrir tanto como en la adolescencia. Ellos no vivieron los insultos, el aislamiento, los comentarios en voz baja, el acoso constante, la espera de que llegue al colegio para agarrárselas conmigo, los robos de desayuno, las amenazas, las golpizas, la roturas de los cuadernos, los escondites de los anteojos, las charlas innecesarias con la psicopedagoga para resolver de que no me peguen mas. No, nunca lo entenderán, porque no lo han padecido. La indiferencia hacia este problema contribuye a que este se fortalezca.

A pesar de que los pensamientos suicidas se apoderaron en muchas ocasiones de mi. No haber formado parte de las estadísticas, tuve la suerte de poder romper la red que me tenía atrapada, aunque cuando leo en el diario algunos actos violentos de chicos o chicas acosados, veo que no todos pueden hacerlo. 

Aunque creo haberme liberado de la red, a veces vienen a mi memoria esos años de sufrimiento en la escuela y me pregunto cuánto mejor lo hubiese pasado si no hubiese estado atrapada. Ojalá este mensaje dé una luz de alerta y sirva para que los acosadores tomen conciencia del mal que pueden hacer: las heridas infringidas –les juro– nunca cicatrizan del todo.

martes, 27 de septiembre de 2016

La persona que te destruye, no es la que golpea tu vida con más fuerza...
Es la que provoca que te destruyas con tus propias manos.
Un aprendizaje que duro años de vida.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Los objetivos y el camino

Si la vida tuviera un objetivo, las cosas no serían tan hermosas, porque un día llegarías al final y después todo sería sencillamente aburrido. La vida aborrece la monotonía. En cuanto alcanzas cierto estado, la vida te da otro objetivo. El horizonte no deja de aparecer delante tuyo, jamás lo alcanzas, siempre estás “en el camino”… a punto de llegar. Y si entendés eso, la tensión en tu mente desaparece, porque la tensión está, justamente, en buscar constantemente un objetivo, en llegar a alguna parte.

La mente continuamente anhela una llegada, mientras que la vida es una continua partida y llegada… llegar, para volver a partir, y así. No tiene una finalidad. Nunca es perfecta, y ésa es su perfección. Es un proceso dinámico, no algo muerto y estático.

La vida no se halla estancada, fluye y no hay otra orilla. Cuando comprendes esto, comenzás a disfrutar del viaje en sí. Cada paso es una meta, y no hay un objetivo. Esta comprensión, una vez que se asienta en tu interior, te relaja. Entonces no hay tensión porque no hay lugar a dónde ir, salvo hacia vos mismo.