There is so much beauty in this world...

lunes, 26 de octubre de 2026

El Silencio

Hace cuatro días que murió Jaz y hay algo que recién ahora estoy empezando a registrar: el silencio.

No sé muy bien cómo describirlo. No es paz, tampoco es tranquilidad. Mucho menos felicidad. Es un silencio extraño, nuevo, casi desconocido. Como si de repente se hubiera apagado un ruido de fondo que llevaba nueve años acompañándome y recién ahora pudiera escuchar su ausencia.

Ya no hay visitas médicas que esperar, resultados que interpretar, mensajes que responder para saber cómo sigue, decisiones que tomar ni preguntas sobre qué va a pasar mañana. Ya no hay que estar pendientes de una internación, de un tratamiento, de si algo empeoró o de cuál será el próximo problema que tengamos que enfrentar.

Tampoco está la preocupación constante por mamá. Su salud, su situación, su departamento, qué hacer, cómo resolverlo, qué pasará después. Siempre había algo pendiente, algo que pensar, algo que anticipar, algún problema que tarde o temprano iba a necesitar de mí.

Durante nueve años, de una manera u otra, viví mirando hacia adelante. Intentando anticiparme a lo que podía pasar, preparándome para lo peor, buscando soluciones antes de que aparecieran los problemas. Porque cuando las cosas que amás están en riesgo, parece que no podés darte el lujo de dejar de pensar. Una parte de tu cabeza sigue trabajando incluso cuando estás haciendo cualquier otra cosa.

Y ahora, por primera vez en nueve años, hay silencio.

Es extraño porque yo no quería que este silencio llegara así. No quería que para dejar de preocuparme por Jaz tuviera que morir. No quería que terminara la incertidumbre de su enfermedad de esta manera. No quería dejar de pensar en mamá porque ya no está. No quería que desaparecieran las cosas que ocupaban mi cabeza a cambio de perder a las personas que estaban detrás de ellas.

Pero sucedió.

Y puedo sentir el dolor inmenso de que ya no estén y, al mismo tiempo, registrar que ya no tengo que estar pendiente de lo que va a pasar. Puedo extrañarlas y sentir el peso de su ausencia, pero también notar que algo de aquella tensión permanente se terminó.

Me cuesta escribir esto porque parece que una cosa contradijera a la otra. Como si sentir alivio significara que me importaban menos, que estoy aceptando demasiado rápido lo que pasó o que hay algo incorrecto en mí por poder reconocerlo.

Pero no. Creo que puedo extrañar a Jaz hasta no saber qué hacer con todo lo que me quedó por contarle y, al mismo tiempo, sentir que terminó una etapa de sufrimiento que nos atravesó a todos. Puedo llorar a mamá y también dejar de vivir pendiente de lo que podía suceder con ella.

Las dos cosas pueden existir juntas.

Quizás el duelo también sea esto: no solamente aprender a vivir con las ausencias, sino descubrir qué queda de nuestra vida cuando desaparecen las preocupaciones que durante tanto tiempo la organizaron.

Porque durante años hubo algo que hacer, alguien por quien preocuparse, una situación que resolver. Ahora tengo que aprender a habitar un tiempo diferente. Un tiempo en el que no hay una próxima consulta, una nueva noticia que esperar ni una urgencia que me obligue a pensar en el siguiente paso.

Y todavía no sé qué hacer con ese espacio.

No sé si es paz, si es agotamiento, si es que mi cabeza todavía no terminó de comprender todo lo que pasó o si simplemente necesito tiempo para acostumbrarme a una realidad que cambió demasiado rápido.

Solo sé que el silencio está ahí.

Y que, por primera vez en mucho tiempo, no tengo que prepararme para lo que viene.

Ahora tengo que aprender a vivir con lo que quedó.

Con el amor, con la tristeza, con las cosas que no pude evitar, con las conversaciones que ya no voy a tener y con todo lo que todavía no sé cómo acomodar dentro de mí.

Quizás empezar de cero no sea olvidar lo vivido ni encontrarle un sentido a cada pérdida. Quizás sea aprender a vivir sin estar permanentemente esperando que algo malo suceda.

Hace cuatro días que murió Jaz. No sé cuánto va a durar este silencio ni qué voy a encontrar cuando deje de sentirlo como algo extraño.

Por ahora, solamente lo registro.

Después de nueve años de vivir pendiente de lo que podía pasar, hay cosas que ya no tengo que esperar.

Y aunque daría cualquier cosa por no haber llegado a este momento de esta manera, también necesito permitirme reconocerlo.

El dolor está.

Las extraño.

Y el silencio también.

sábado, 24 de octubre de 2026

Aprender de cero

Hay momentos en la vida en los que una siente que todo lo que conocía se desarma. No de a poco, no con tiempo para acomodarse, sino de golpe. Como si el mundo siguiera girando con una normalidad casi ofensiva mientras una intenta entender en qué momento su propia vida dejó de ser la que era.

Últimamente pienso mucho en las pérdidas. En todo lo que se va, en las personas que dejan de estar, en las versiones de una misma que quedan atrás y en esa extraña sensación de tener que aprender de cero cosas que antes parecían tan naturales.

Transitar el duelo es mucho más que extrañar a alguien. Es aprender a vivir con una ausencia que no termina de tener sentido. Es despertarse y tardar unos segundos en recordar que esa persona ya no está. Es ver algo gracioso, escuchar una canción, encontrar un video y tener el impulso automático de compartirlo con quien siempre lo hubiera entendido. Y después, de golpe, recordar. Ahí está otra vez la realidad, sin pedir permiso.

Es descubrir que hay conversaciones que quedaron suspendidas para siempre. Cosas que una quería contar, preguntas que ya no va a poder hacer, chistes que nadie va a entender de la misma manera. Porque no se pierde solamente a una persona. También se pierde una forma de estar en el mundo con ella.

Y cuando esa persona era tu confidente, tu otra mitad, alguien con quien podías hablar de todo, la ausencia tiene otra dimensión. No es solamente que falta alguien en tu vida. Es que falta alguien que conocía una parte de vos que no necesitabas explicar.

A veces pienso que el duelo es una especie de idioma nuevo que nadie te enseña. Lo vas aprendiendo mientras lo hablás, equivocándote, intentando encontrar palabras para sensaciones que ni siquiera sabías que existían.

Y en ese idioma pueden convivir cosas que parecen contradictorias. La tristeza y el alivio. El amor y el enojo. La gratitud por lo vivido y la bronca por lo que no pudo ser. Podés sentir que una parte de vos se rompió y, al mismo tiempo, saber que la persona que amabas ya no está sufriendo. Podés desear con toda tu alma que siguiera acá y también sentir paz al saber que su dolor terminó.

No creo que exista una manera correcta de sentir todo esto. Tampoco creo que haya un orden. No hay una lista de etapas que una completa y después puede marcar como terminada. Hay días en los que parece que podés respirar un poco mejor y otros en los que una pavada te devuelve al principio. O al menos a esa sensación de no saber muy bien dónde estás parada.

Y como si una pérdida no fuera suficiente, a veces la vida te obliga a mirar otras ausencias, otras heridas, otras cosas que quedaron sin resolver. Se acumulan los finales, las preguntas, los recuerdos. Y una empieza a preguntarse cuánto puede cambiar una persona antes de dejar de reconocerse.

Yo también estoy intentando entender qué hacer con todo lo que perdí. Con las personas que ya no están, con las cosas que cambiaron para siempre, con lo que imaginaba que iba a ser mi vida y ya no va a suceder de esa manera.

Hay algo profundamente solitario en darse cuenta de que nadie puede hacer este recorrido por vos. Pueden acompañarte, abrazarte, escucharte. Pero hay una parte de la experiencia que ocurre adentro, en ese lugar al que nadie más tiene acceso. Y ahí estás vos, intentando comprender cómo seguir cuando una parte importante de tu mundo desapareció.

Tal vez por eso pienso tanto en empezar de cero.

No porque quiera olvidar. No porque crea que todo pasa por algo, que el dolor nos hace mejores o que de cada tragedia tiene que salir una enseñanza. No necesito encontrarle un sentido hermoso a lo que duele. Hay cosas que simplemente duelen. Hay pérdidas que no deberían haber ocurrido y ausencias con las que ninguna explicación alcanza.

Empezar de cero, para mí, tiene más que ver con aprender a vivir de otra manera. Descubrir quién soy ahora, después de todo esto. Reconocer qué cosas cambiaron, cuáles siguen intactas y cuáles todavía no puedo responder.

Es aprender a vivir en una casa donde falta alguien. A pensar en el futuro sin ciertas personas en él. A aceptar que hay recuerdos que van a doler y que, aun así, no quiero dejar de tenerlos. A entender que seguir viviendo no es abandonar a quienes se fueron.

Y también es aceptar que no tengo que convertirme inmediatamente en una versión más fuerte, más sabia o más luminosa de mí misma. No tengo que demostrar que puedo con todo. Hay días en los que apenas puedo con lo cotidiano, y eso también es parte de estar acá.

Quizás aprender de cero sea dejar de exigirme volver a ser quien era antes. Porque esa persona ya vivió otras cosas, tuvo otras certezas, habitó un mundo en el que algunas personas todavía estaban. Yo soy esa persona, pero también soy alguien que tuvo que atravesar cosas que nunca imaginó.

No sé cuánto tiempo lleva aprender a vivir con determinadas ausencias. No sé cuándo deja de sentirse tan extraño hablar de alguien en pasado. No sé si alguna vez deja de aparecer ese impulso de querer contarle algo a quien ya no puede escucharte.

Por ahora, solo sé que hay días en los que extraño, días en los que me enojo, días en los que siento un vacío difícil de explicar y otros en los que encuentro un poco de calma. Y no quiero obligarme a elegir una sola emoción para que todo parezca más sencillo.

Estoy aprendiendo que el amor no desaparece cuando alguien muere, aunque ya no sepa dónde ponerlo. Que los vínculos no se reemplazan y que hay personas que dejan una marca imposible de repetir. Que puedo seguir adelante sin dejar de mirar hacia atrás. Que recordar no significa quedarme detenida.

Y que quizás no se trate de empezar una vida completamente nueva, sino de aprender a vivir esta, con todo lo que falta y con todo lo que todavía queda.

No tengo una conclusión. No llegué a ninguna meta ni encontré una fórmula para estar mejor. Estoy en medio de todo esto, tratando de entender, de acomodar lo que puedo y de aceptar lo que todavía no tiene lugar.

Por primera vez en mucho tiempo, no sé exactamente cómo sigue la historia.

Y quizás tenga que permitirme eso: no saber.

Respirar. Atravesar los días. Extrañar. Recordar. Seguir.

Aprender de cero, aunque nunca haya elegido tener que hacerlo.

Porque hay pérdidas que te cambian la vida para siempre. Y después de ellas, incluso las cosas más simples tienen que aprenderse otra vez.

lunes, 12 de octubre de 2026

El amor de saber

Hay una forma de amar que nadie te enseña: la de seguir queriendo a alguien con toda el alma mientras una parte de vos empieza a entender que quizás no pueda quedarse para siempre.

Es un amor que no se parece a ningún otro. Porque no alcanza con abrazar, con estar, con decir te quiero. Hay algo más profundo, más silencioso, que sucede cuando empezás a notar que el tiempo ya no se siente como antes. Que los días tienen otro peso. Que los pequeños momentos se vuelven enormes y que cualquier instante compartido adquiere un valor imposible de explicar.

Desde afuera, todo puede parecer igual. Dos personas que se quieren, que se conocen de memoria, que comparten una historia que nadie más podría comprender del todo. Pero por dentro, una de ellas empieza a vivir una contradicción imposible: quiere disfrutar cada segundo y, al mismo tiempo, quisiera detener el tiempo para siempre.

Porque cómo se hace para seguir viviendo con naturalidad cuando el corazón empieza a sospechar algo que la boca todavía no se anima a pronunciar?

Cómo se mira a alguien que es parte de tu propia historia sin preguntarte, aunque sea por un instante, cuántos recuerdos más van a poder construir juntas?

Hay amores que no necesitan explicaciones. Personas que no son solamente familia, sino también refugio, espejo, complicidad. Alguien que conoce versiones tuyas que el resto del mundo nunca llegó a conocer. Alguien con quien compartís un idioma propio, hecho de miradas, bromas, silencios y recuerdos que no necesitan contexto.

Y entonces aparece ese miedo que no siempre se llora delante de los demás. El miedo de tener que aprender a vivir en un mundo donde esa presencia ya no esté de la misma manera.

Pero lo más difícil no es solamente imaginar la ausencia. Es seguir queriendo en presente mientras el futuro empieza a doler.

Es reírse de algo y sentir, por un segundo, que todo está bien. Y después recordar. Es querer hablar de cualquier cosa, de la vida, de una pavada, de lo que pasó ayer, porque hablar de lo cotidiano es una forma de aferrarse a eso que todavía existe. Es descubrir que el amor puede convivir con una tristeza tan grande que a veces ni siquiera encuentra palabras.

Y hay algo profundamente injusto en todo esto: el mundo sigue avanzando. La gente trabaja, hace compras, se queja del tránsito, planea vacaciones. Mientras tanto, alguien está aprendiendo a habitar una realidad que no eligió, tratando de encontrar una manera de aceptar lo que todavía desea con todas sus fuerzas que no suceda.

Quizás amar también sea eso: estar, incluso cuando no hay nada que arreglar. Acompañar, incluso cuando no hay respuestas. Sostener una mano sin saber qué decir. Entender que no siempre se puede cambiar el destino de alguien, pero sí se puede hacer que, en medio de tanta incertidumbre, nunca dude de cuánto es amado.

Porque hay vínculos que no caben en una despedida. No se miden por la cantidad de años, ni por los días que quedan, ni por lo que el tiempo permita hacer.

Hay personas que se vuelven parte de una misma de una manera tan profunda que resulta imposible imaginar dónde termina una y empieza la otra.

Y cuando la vida pone a ese amor frente a su mayor impotencia, una descubre que el corazón puede estar rompiéndose y seguir amando con la misma intensidad. Que se puede tener miedo y quedarse. Que se puede llorar a escondidas y después volver a sentarse al lado de esa persona, como si el simple hecho de estar juntas fuera, por ahora, lo único verdaderamente importante.

Tal vez no exista una manera correcta de atravesar algo así. Tal vez no haya palabras capaces de hacerlo menos doloroso.

Solo queda amar. Con todo lo que se fue construyendo. Con todo lo que todavía se comparte. Con esa parte de una que quisiera negociar con el universo, pedir un poco más de tiempo, prometer cualquier cosa a cambio de otro abrazo, otra conversación, otra oportunidad de decir lo que a veces parece obvio y, sin embargo, nunca alcanza.

Porque hay amores que no saben rendirse, incluso cuando entienden que no todo depende de ellos.

Y hay personas a las que uno no deja de elegir, aunque la vida empiece a enseñarle, de la manera más cruel, que amar profundamente no significa poder retenerlas.

Quizás la eternidad no siempre sea quedarse para siempre.

Quizás, a veces, sea todo lo que dos personas logran dejarse adentro la una de la otra.

Y hay amores que, aun cuando el tiempo parece volverse frágil, siguen siendo infinitos.