Últimamente tengo la sensación de que estamos bajando tanto la vara del conocimiento general que en cualquier momento vamos a tener que celebrar que alguien sepa distinguir un ñandú de un flamenco.
Y no, no es por el ñandú.
El otro día una persona adulta confundió un ñandú con un flamenco.
Un ñandú...con un flamenco...
Y más allá de la anécdota (que es bastante graciosa, no voy a mentir) me dejó pensando en algo bastante menos gracioso:
En qué momento dejamos de tener curiosidad por entender el mundo?
Porque no saber algo es absolutamente normal.
Yo no sé hacer una endoscopía, pilotear un avión ni fabricar una heladera.
El problema no es no saber.
El problema es no saber, no preguntarse nada y encima sentirse perfectamente cómodo así.
Vivimos en una época en la que tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior.
Literalmente podemos saber en segundos quién fue Aristóteles, dónde queda Mongolia, cómo funciona una célula o por qué el cielo cambia de color.
Pero parece que estamos desarrollando una habilidad maravillosa: tener acceso a toda la información del mundo sin incorporar absolutamente ninguna.
Sabemos titulares.
Sabemos frases.
Sabemos videos de 30 segundos.
Sabemos qué piensa alguien que no conocemos sobre un tema que nunca estudió.
Y después discutimos durante tres horas.
No necesitamos entender.
Necesitamos tener una opinión.
Y ahí hay algo peligroso.
Porque una sociedad que piensa poco no necesariamente se vuelve una sociedad tranquila.
Se vuelve una sociedad manipulable.
Si yo no sé cómo funciona la economía, alguien puede explicármela de la manera que más le convenga.
Si no sé historia, alguien puede contarme una versión conveniente y venderla como verdad.
Si no tengo herramientas para distinguir una fuente confiable de una estupidez viral, el algoritmo puede elegir por mí qué creo.
Si no puedo tolerar cinco minutos de complejidad, voy a elegir al que me dé una respuesta simple.
Aunque sea mentira.
Y esto es lo verdaderamente inquietante:
no hace falta que alguien nos prohíba pensar.
Alcanza con que pensar nos resulte demasiado incómodo.
Que todo tenga que ser rápido.
Que todo tenga que ser fácil.
Que nadie tenga paciencia para leer.
Que nadie quiera cambiar de opinión.
Que confundamos seguridad con certeza.
Que repitamos lo que dice nuestro grupo porque pensar por cuenta propia tiene un pequeño inconveniente:
a veces terminás descubriendo que estabas equivocado.
Y eso parece haberse convertido en una experiencia traumática.
Entonces mejor no pensamos.
Elegimos un bando.
Buscamos un enemigo.
Repetimos una frase.
Compartimos un video.
Ponemos un emoji de fuego.
Y seguimos con nuestra vida.
Mientras tanto, alguien sí está pensando.
Alguien está estudiando.
Alguien está analizando los datos.
Alguien está diseñando los algoritmos.
Alguien está decidiendo qué vemos, qué no vemos, qué nos indigna, qué nos preocupa y qué creemos que deberíamos desear.
Y quizás ahí está el verdadero problema.
No me preocupa tanto que alguien confunda un ñandú con un flamenco.
Me preocupa una sociedad que poco a poco deje de hacerse preguntas.
Porque cuando dejamos de pensar por nosotros mismos, alguien más inevitablemente empieza a hacerlo por nosotros.
Y lo peor es que probablemente ni siquiera nos demos cuenta.
Vamos a estar demasiado ocupados mirando el próximo video de 17 segundos.
Sobre un ñandú.
O un flamenco.
O lo que el algoritmo haya decidido que necesitamos saber hoy.