Hubo un chico que se enamoró de ella. Mientras ella hizo todo lo posible para que dejara de hacerlo.
Durante años creyó que no había sido amor. Que simplemente no estaba interesada. Que era demasiado joven. Que no era el momento.
Sin embargo la verdad era mucho más incómoda.
Le gustaba.
Le gustaba tanto que le daba miedo.
Había algo en él que la desarmaba. Y ella había pasado la vida entera aprendiendo a no desarmarse.
Entonces hizo lo único que sabía hacer.
Le ladró.
Como esos perros que muestran los dientes cuando alguien intenta acariciarlos. No porque quieran morder. No porque odien. Sino porque están aterrados.
Ella se escondía detrás de excusas, silencios, rechazos y contradicciones.
Si él avanzaba, ella retrocedía.
Si él insistía, ella se endurecía.
Si él se alejaba, le dolía.
Era un juego cruel que nadie había elegido jugar.
Ni siquiera ella.
Lo observaba enamorarse y sentía vértigo.
Veía cómo otras chicas se acercaban y se convencía de que era mejor así. Que ellas podían darle algo que ella no tenía. Que ellas sabían amar. Que ellas sabían estar.
Pero cuando imaginaba que alguna de ellas lo lograra, sentía una punzada feroz en el pecho.
Era una contradicción absurda.
No lo quería cerca.
No lo quería lejos.
No quería que la eligiera.
Pero tampoco soportaba la idea de que eligiera a otra.
Años después entendió que no estaba luchando contra él.
Estaba luchando contra el amor.
Porque el amor pedía algo que ella no tenía.
Confianza.
Y ella venía de un lugar donde confiar había sido demasiado caro.
Recuerda una vez que lo vio internado.
Y todavía le cuesta explicar lo que sintió.
No era deseo por el sufrimiento.
Era algo más oscuro y más humano.
Por primera vez lo vio sin armadura.
Sin fuerza.
Sin máscaras.
Vulnerable.
Y algo dentro suyo respondió.
Quizás porque toda su vida había estado rodeada de personas que ocultaban sus heridas.
Quizás porque ella misma llevaba años escondiendo las propias.
Quizás porque, por un instante, dejó de verlo como una amenaza y lo vio como alguien tan roto y tan humano como ella.
Al final él se cansó.
Y tenía derecho.
Desde afuera parecía una persona que abría la puerta para luego cerrarla de golpe.
Alguien que acercaba una silla a la mesa para después retirarla.
Alguien que encendía una luz y la apagaba cuando otro intentaba acercarse.
Él creyó que ella jugaba.
Pero ella no estaba jugando.
Estaba sobreviviendo.
Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
La tragedia no fue perderlo.
La tragedia fue descubrir, muchos años después, que no le tenía miedo a él.
Le tenía miedo a lo que despertaba.
Porque amar a alguien siempre implica una pequeña muerte.
La muerte de la distancia.
La muerte del control.
La muerte de la ilusión de que uno puede atravesar la vida sin necesitar a nadie.
Y en aquella época ella todavía estaba convencida de que necesitar a alguien era el lugar más peligroso del mundo.