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domingo, 5 de abril de 2026

Infancia

 Crecí en una casa donde el amor no era refugio, era ruido.

Donde las voces subían, las puertas no cerraban y la paz no existía.

No fue un momento. Fue constante.

Un clima que no se iba nunca.

Crecí mirando a los adultos destruirse entre ellos,

mientras yo aprendía a desaparecer,

a quedarme quieta,

a no molestar,

a no empeorar algo que ya estaba roto.

Nadie frenaba nada.

Y yo entendía todo.

La crueldad no fue solo lo que hicieron.

Fue que yo estaba ahí, viendo, escuchando, absorbiendo.

Sin que nadie me sacara de ese lugar.

La traición no era algo abstracto.

Tenía forma.

Estaba en la ropa, en los restos, en las cosas que aparecían donde no tenían que estar.

Entraba a mi casa como si nada.

Y yo lo veía.

Una nena viendo cosas que no debería ver.

Viví en una guerra que no elegí.

Pero igual me tocó.

No había refugio.

Porque el lugar que tenía que cuidarme era el mismo lugar que me lastimaba.

La casa no era casa.

Era tensión. Era peligro. Era incertidumbre.

La crueldad era eso:

no saber qué iba a pasar,

pero saber que algo iba a estar mal.

Fue darme cuenta de que podían elegir otra vida

mientras yo me quedaba con lo que rompían.

Fue entender que yo no era prioridad.

Fue no tener protección.

Fue estar sola en medio de todo,

aunque no estuviera sola físicamente.

Y en medio de ese caos, pasaron cosas que nunca deberían pasarle a una nena.

Cosas que nadie frenó.

Cosas que nadie vio, o no quiso ver.

La crueldad fue eso también.

No solo lo que pasó,

sino todo lo que faltó.

Faltó alguien que mire.

Faltó alguien que diga basta.

Faltó alguien que me saque de ahí.

Pero nadie lo hizo.

Y después vino el silencio.

Como si nada hubiera sido tan grave.

Como si yo no hubiera estado ahí.

Como si no importara.

Pero sí importó.

Porque dejó algo.

Dejó una forma de estar en el mundo.

Más tensa.

Más alerta.

Más cansada.

Dejó recuerdos que no se borran.

Escenas que siguen ahí.

Dejó una infancia que no fue infancia.

Aprendí a sobrevivir antes de aprender a vivir.

Y en todo eso… hay algo que sigue.

Un odio.

Un odio visceral, incómodo, que no se va.

Que aparece cuando recuerdo.

Cuando conecto.

Cuando todo se vuelve claro otra vez.

No es un enojo liviano.

Es algo más oscuro.

Más profundo.

Es el odio de haber estado ahí

y que nadie haya hecho nada.

Es el odio de haber tenido que entender

lo que no correspondía.

Es el odio de haber sido chica en el lugar equivocado,

con los adultos equivocados.

No me gusta sentirlo.

Pero está.

No se va porque yo quiera.

Es parte de lo que quedó.

No soy eso.

Pero eso está en mí.

Y no tiene final claro.

No tiene cierre prolijo.

Porque la crueldad no termina cuando termina lo que pasó.

La crueldad sigue en lo que queda adentro.